laurita


Watermelon man (don’t you ever dye on friday) by indivisual
15 agosto, 2008, 1:28 am
Filed under: Diario ilustrado

 

Martín abrió los ojos pero no por eso estaba más despierto. Era viernes, había soñado con su propio funeral y aún le resonaba una música de Herbie Hancock en la cabeza, la vecina bailaba en el living de su apartamento mientras su madre servía piña colada a los invitados (vestidos de negro reglamentario, eso sí). La tía Marta había ido a la peluquería para la ocasión y por fin había terminado con esas aterradoras canas que le crecían como si le estuvieran succionando las ideas, como si por dentro se hubiera secado por completo. Sus primas Elena y Rosita llevaban vestidos nuevos y demasiado elegantes, iban de un lado a otro de la pieza agarradas del brazo, bebiendo a sorbitos de gato sus copas de champaña y pidiendo cigarrillos a familiares lejanos y desconocidos. Martín reconoció también a algunos compañeros de la escuela primaria, cuando aún vivían en la calle Bulnes y hacían carreras en bicicleta hasta llegar a la Alameda y tocaban el timbre de Berta Molina y salían corriendo y dejaban solo a Miguelito que se quedaba mirando a la ventana y sólo se daba cuenta de que lo habían abandonado cuando salía la madre a retarlo, Berta está estudiando, no como ustedes, que se la pasan en la calle todo el día, flojos, ¡holgazanes! Y ahí estaba ahora Miguelito, con corbata y treinta años mal sumados, con la camiseta interior por fuera del pantalón que tenía que subirse cada dos minutos para que no se le cayera y dejar al descubierto unos calzones del Pato Donald o del Rey León. Ramón hablaba con voz ronca y sólo se callaba para dar paso a las risas del resto. A su lado estaba una mujer bastante más mayor, de cuello cansado y pestañas nocturnas a la que besaba de vez en cuando, cuando Hugo o Diego añadían algún comentario. Margarita cruzó la sala pisando al ritmo del bajo, firme y segura como para borrar cualquier huella de edad que pudiera adivinarse tras el maquillaje, y se paró frente al grupo, “Vaya, vaya, cómo han crecido estos chiquillos”, sonrió. “Usted sin embargo se ve más joven que nunca, tía, ¿cuál es la técnica?, ¿tendré que empezar a usar vestido y tacones de fiesta?” Todos rieron. “Me alegra saber que sigues siendo el mismo Ramón que conocí”, dijo mientras lo miraba como si tuviera los ojos tras un velo de secretos evidentes. Margarita repartió besos sonoros dejando un rastro rojo en la mejilla de todos los antiguos amigos de su hijo Martín y fue a recibir a los nuevos invitados que habían tocado el timbre. Dos niñas entraron corriendo y se perdieron entre los manteles de las mesas llenas de canapés y ensaladas. Un matrimonio apareció tras la puerta, “¡Margarita!, qué buena música, se escucha en toda la cuadra, venimos bailando desde el primer piso”, “Ya decía yo que faltaba alguien; pasa Esther, hola Horacio, bienvenido”, “Te ves divina, Marga, pareces incluso más joven que yo; he vuelto a engordar, y eso que me apunté al gimnasio, como si no hiciera suficiente ejercicio corriendo detrás de las gemelas, pero nada, no bajo ni medio gramo, te he traído unos trajes a ver si te sirven, y si no, pues se los das a la Rosario; y mira, hice un pudín de carne, de esos que le gustaban tanto a Martín”. Por primera vez Martín escuchó su nombre, así que se quedó atento a las palabras de la tía Esther, esperando que le revelaran por fin el por qué de su muerte, o esperando escuchar al menos algunas palabras de condolencia y aflicción, de esas tan típicas en los funerales de las películas y en los de la vida en general, suponía, donde no hay trompetas ni saxofones, pero la tía Esther cambió de tema tan rápido que pasado un minuto Martín ni siquiera pudo estar seguro de que lo hubiera mencionado, entre otras cosas porque él siempre había sido vegetariano.

 

Horacio huyó a la cocina, se tomó tres vasos de piña colada y apareció una hora más tarde con risita de roedor y movimientos desparejos bailando con la vecina. Esther perseguía a las gemelas para que tomaran leche pero ellas se escapaban y se giraban para sacarle la lengua o señalarla con el dedo índice entre carcajadas desdentadas. La vecina llevaba una falda corta y con tanto vuelo que en cada giro se le asomaba la ropa interior en un gesto así como guiñando un ojo y echando el humo del cigarro. Horacio la levantó en un intento de pirueta acróbata de bailarín sobre hielo, pero cayó al suelo y se golpeó la cabeza. “Ya estás armando el espectáculo”, se quejó Esther, “qué vergüenza, no sé para qué te traigo, dos copas y siempre igual, ¡niñas, aquí ahora mismo!” Acabó la canción y justo sonó una llave que abría la puerta, era Rosario, tan flaca como siempre, con un vestido morado y el pelo de rizos pequeños y erizados como pelo de pubis. Hubo un momento de silencio, todos la miraron, ella sonrió como sonríen las coquetas, haciendo que no se dan cuenta de nada pero mordiéndose el labio y mirando de reojo como si fueran ellas las que observan la situación y no al contrario, la situación la que las observa a ellas. “¿Qué pasó con la música?”, preguntó justo en el momento en que tenía que preguntarlo para que todos pudieran volver a respirar. Nicolás fue el primero en saludarla, “Mi cuñada preferida”, dijo, “La única que tienes”, respondió ella, “Yo estoy a cargo del jazz”, “Pues lo estás descuidando”, “Te equivocas, está todo preparado.” Entonces sonó un piano al que poco a poco se le fueron sumando una batería, un bajo y una guitarra y Martín pensó que en verdad su hermano lo tenía todo preparado cuando la trompeta de Miles Davis empezó The autum leaves y le tendió la mano a Rosario y fueron los primeros en bailar apretados, claro que en dos minutos también Ramón y su novia y Horacio y la vecina y la tía Marta y Miguelito y las primas Elena y Rosita con Hugo y Diego y la música venía exactamente de donde estaba el cadáver de Martín, como si alguien se hubiera molestado en colocar los altavoces a la altura de sus orejas muertas para que fuera el primero en escuchar su propio velatorio desde el más allá, así como si por si acaso la música lo animaba a volver al mundo terrenal y agarrar su saxo para hacerle la segunda voz al negro de ojos de sapo en un concierto póstumo, inédito, insólito. Sin embargo, aunque a Martín le daban ganas de ir a su cuarto y desenfundar el instrumento, tenía los ojos clavados en su hermano Nicolás, que tenía la boca demasiado cerca de la boca de Rosario, casi parecía que estaban respirando el uno del otro, y sintió cómo las entrañas se le retorcían por dentro como lombrices apelmazadas hasta que acabó el tema y de nuevo bee bop, faldas al aire y cambios de sentido.

 

Martín advirtió entonces el humo denso de la marihuana y al darse la vuelta se topó con una discusión existencialista, desordenada y colorida sobre el Ego, el materialismo, el sistema, las alternativas, la creatividad. Miró a Lucas y recordó las tardes infinitas en el café libertario, los eternos monólogos de Víctor cuando los párpados restantes ya no eran capaces de seguir aguantando, Leo cebando mate entre libros de Bakunin y cuentos de Borges, el sudor en la frente de Jonhy después de la carrera con la policía rozándoles la espalda en una protesta tan imposible como real, la camisa rasgada de Susana, el grito unido, multiplicado, imparable, el pulso vibrando en las yemas de los dedos como la cuerda de un violín un segundo antes de romperse, las pinturas brillantes de Begoña, los zapatos rojos de Felipe, la nariz de payaso de la Danisa, el mundo reinventándose en cada risa de Mateo, la canción desgajando la garganta de Eliana en medio de una tormenta. Las lombrices que antes se le retorcían a Martín en las entrañas se convirtieron en perdigones que salían disparados desde el estómago, le llegaban hasta la punta de cada pelo y ahí se quedaban haciéndole cosquillas, haciéndole sentir, paradójicamente, más vivo que nunca.

 

El tío Edgardo estaba en la ventana fumándose un puro y parecía observar la escena desde afuera, como satisfecho, como el vocalista de un grupo en la fiesta tras su primer concierto. Martín siempre habría jurado que el tío Edgardo dormía con calcetines y se acostaba antes de las nueve, por eso cuando lo vio sonreír, con una mirada casi seductora, no podía creerlo y tuvo que frotarse los ojos, como si acaso uno pudiera salir del sueño así tan fácilmente, y por un momento se sintió un invitado más en el extraño velorio, pero en seguida recordó que él era el muerto, el único muerto. Deseó extrañamente que llegara un cura – ¿un cura?, se repetía aturdido en su propio deseo inexplicable-, deseó que todos se reunieran en círculo, que Ramón leyera un epitafio, que la Rosario cantara una canción triste de Nina Simone, que la tía Esther reconstruyera la última Navidad que habían pasado juntos, que su madre llorara recordando el día en que dio los primeros pasos, que Lucas le leyera por última vez el manifiesto anarquista del mundo al revés, que las gemelas preguntaran Dónde está el primo Martín y luego un órgano solemne, Amén, mocos, pañuelos y hombros mojados. Sin embargo, el ataúd, al final de la sala, había pasado a ser un mueble más de la casa. Los parientes dejaban encima sus copas vacías, los ceniceros llenos, o entonces apoyaban en él los codos para seguir la conversación sobre la caza de ballenas en Japón. Martín miraba la escena como si se tratara de una película, como si sus ojos fueran la cámara, la big band haciendo sonar trombones y clarinetes, plano general, gritos y risas y piña colada y una sensación como de noche de fiesta después de la presentación de un libro exitoso, flash, falsa sonrisa, comentario al oído, miradas paralelas, miradas que se cruzan, miradas que se quedan y la seguridad de que al día siguiente pintalabios, portada en las revistas y desbordamiento en el teléfono, en el lavaplatos, en el ropero.

 

Era ese sentimiento encontrado entre el orgullo y el deshonor, entre la alegría y la rabia. Todo como le habría gustado leerlo en un libro; sin duda habría sido su película favorita. Y por otra parte, él (no un libro ni una película, no un personaje, ¡Él!, ¿acaso ya nadie se acordaba?). Todos parecían tan felices… Pero no le dio tiempo a terminar su reflexión porque la puerta se abrió y la sala empezó a llenarse de viejitas como salidas de la iglesia, o escapadas del hospital, como ratas encerradas saliendo de la jaula abierta. Martín las miraba intentando reconocer algún gesto, alguna arruga familiar, ese lunar en la mejilla que distinguía el apellido de su madre, pero nada. Algunas daban vueltas en círculo con una amiga del brazo, otras pululaban solas por el cuarto, como medio perdidas pero sonrientes en su propio delirio, otras invitaban a bailar a las nenas, otras descorchaban botellas de vino y las más atrevidas fumaban marihuana y en poco rato las risas salían como la espuma al volcar la cerveza en el vaso. Martín, sin poder salir de su ataúd, abría los ojos esperando encontrar un detalle que le explicara, pero nada, “Ahora ya sí no entiendo nada”, pensó, y no por eso las viejas dejaban de entrar, como si fuera fin de año y los gorritos de papel maché, los matasuegras, los globos de colores, la serpentina y esos circulitos de colores que nunca nadie consigue barrer el día después. Pero nadie parecía pensar en el día después, la noche renacía como eterna y esas viejas llevaban siglos sin salir a la discoteca y ahora se quitaban los zapatos y los lanzaban al aire como si de veras se hubieran adueñado del funeral, una verdadera conquista, los zapatos eran como balas disparadas hacia arriba, y aquella señora sacándose la falda y sacudiéndola en círculos al ritmo de la música era sin duda la bandera plantada. Martín buscaba a su tía Marta, a su madre, a Rosario, a sus amigos de Bulnes, nada, nadie, Martín pasaba caras y las iba apartando como si buscara una carta perdida entre la baraja, pero nada, nadie. Todos habían desaparecido y ya sólo quedaban esas viejas rejuvenecidas, recalentadas en el microondas, -la música había cambiado y ahora sonaban violines balcánicos, trombones con sombrero, acordeones entre gallinas. Todas bailaban descontroladas y nunca paraban de entrar, como si hubiera una fila dando la vuelta a la esquina y cien mil viejas esperando entrar al velorio de ese tal Martín al que no conocían y del que no hablaba nadie y ya desde la calle iban moviendo las caderas oxidadas y sonaban a destiempo y por eso quedaba bien. Martín, cansado de buscarle sentido a las patas arriba, se abandonó en su cajón de madera, aún sin saber que estaba soñando, y mientras ya su cuerpo regresaba poco a poco a las sábanas revueltas y mojadas por el sudor (los ojos entreabiertos pero no por eso más despierto), alcanzó a escuchar a un par de viejas que se acercaban al féretro al final de la sala y lo miraban como quien mira una exposición posmoderna en un museo de Londres, alejándose y acercándose, quitándose y poniéndose unas gafas sin graduación, y una le decía a la otra, A quién se le ocurre morirse un viernes, dime tú, a quién. 

 

 


Dejar un comentario so far
Deja un comentario



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s



A %d blogueros les gusta esto: