laurita


Preludio en Do menor by indivisual
15 agosto, 2008, 1:24 am
Filed under: Diario ilustrado

 

Elvira hablando de su madre,

 

– No entiendo qué pretende, de veras no lo entiendo, ¿quiere que acabe como una vieja amargada, como ella, sola, encerrada en esa casa tan desproporcionadamente grande que es como ponerle a una niña ropa de gordo y las mangas colgando y la niña sin encontrarse las manos?

 

y Marcelo que ya ha escuchado demasiadas veces las mismas palabras, pero sabe que si las repite con los labios, portazo y discusión, así que se queda en silencio mientras Elvira,

 

– Siempre igual, siempre lo mismo, “Ven a verme, es Navidad y estoy tan sola”, y luego, de pronto, de la nada, mala cara y silencio y una como adivinando de dónde viene el enfado, en qué lugar se torció el tren y empezó a ir en otra dirección. Claro que resulta obvio, no es que una no sepa cuál es la piedrita (demasiados años y siempre la misma), es que en verdad es tan insignificante que resulta difícil creer que en verdad es ésa la piedrita que no le deja caminar. Y después del silencio, como si ya estuviera todo escrito, paso por paso, siempre la misma escena, reproche tras reproche, “que si para qué vienes a verme, que si sólo vienes porque es Navidad, que si los niños van a por su regalo y casi ni la saludan, que si no te lo pido quizá ni apareces”… de verdad, me tiene harta, siempre actuando, siempre el mismo guión, y luego antes de irme, “bueno, dame un beso y olvidémoslo”, y ella como si nada hubiera pasado…

 

Y Elvira que se da cuenta de la situación, Marcelo conduciendo y moviendo la cabeza al ritmo de la música que es música de verano, semáforo en rojo, Marcelo que mira a Elvira y sonríe comprensivo y Elvira con ganas de bajar por completo el volumen de la emisora, o de bajar del coche directamente y quedarse ahí mismo, en cualquier calle, en ninguna. Silencio, anuncios en la radio, “Esta Navidad, no se pierda una oportunidad única, las mejores ofertas están en Matriz Home, ¡redecore su vida!”, “El regalo más original para tus hijos lo encontrarás siempre en Marshal Reve, ven y haz realidad sus sueños”. Música clásica, Marcelo que mide los segundos y ya le parece que ha pasado el tiempo suficiente para poder cambiar de tema,

 

– Alberto Figueroa se va de la empresa, parece que ya se cansó de esperar y que nunca lo ascendieran.

 

Silencio. Marcelo que duda un segundo pero sigue,

 

– Va a dar una pequeña fiesta de despedida en su casa del campo la semana que viene, una merienda. Nos ha invitado.

 

Silencio.

 

– Es el martes.

 

Silencio, y enseguida Elvira,

 

– Ya sabes que los martes tengo yoga, de seis a ocho. Lo sabes perfectamente.

 

El comentarista de la radio, “Acabamos de escuchar Preludio en Do menor de J. Sebastián Bach en Tocata y fuga”.  Entran en la autopista, un coche adelanta por la izquierda,

 

– La gente conduce como si fueran solos, ni siquiera miran al de al lado-, se queja Marcelo con esa voz irritada del que lleva el volante.

 

Silencio. Empiezan las noticias de las dos. “Resuelto el caso de Evita Perales, la policía encuentra a la pequeña en el peligroso barrio de San Francisco veinte días después de su desaparición y culpa a los familiares por no preocuparse de los problemas que llevaron a la niña a escaparse de su casa donde, según ella misma aseguró, los gritos no la dejaban vivir ni siquiera subiendo el volumen del televisor al máximo”.

 

– Pobrecita… ¿y a eso le llaman familia?-, comenta Marcelo acompañando la Crónica Semanal. Suspiro de Elvira (Marcelo sigue mirando a la carretera pero se imagina perfectamente la cara que sigue al bufido de su mujer, ya se la sabe: ojos en blanco, cejas arqueadas y desdeñosas, negación con la cabeza y mirada que sale escapándose por la ventanilla y va pasando los carteles que anuncian viviendas lujosas, “Disfrute de su familia mientras nosotros nos encargamos de su seguridad”, medicamentos, “Acabe con el dolor de cabeza, dígale adiós al estrés”, y centros comerciales, “Redecore su vida”). Entonces Elvira,

 

– Es aquí, a la derecha.

 

– ¿En esta salida?-, Marcelo desorientado.

 

– Sí, sí ¡en ésa!…en la que pasamos.

 

– ¿Nos la pasamos?, ¡Mierda!

 

– Nos la pasamos no, te la pasaste. Joder, Marcelo, ¿en qué ibas pensando?

 

-Y tú, ¿no me podías avisar antes?

 

– Como si fuera la primera vez que venimos.

 

– Como si alguna vez le hubiera prestado atención a esta carretera de mierda, todos los centros comerciales son idénticos.

 

– Claro, ahora la culpa la tiene la arquitectura de los edificios. ¡Venga hombre, Marcelo!

 

– ¿Sabes qué?, no me importa, de verdad que no me importa esta discusión.

 

– ¿No te importa?,

 

– No, no me importa, dejémoslo.

 

– ¡Claro que no te importa!, no te importa nada. No te importa nada ni nadie, tampoco yo. Desde que salimos vienes pensando en otra cosa, en cualquier cosa.

 

– ¿Cómo?, pero si venía escuchándote.

 

– ¿Escuchándome?, anda no me hagas reír, sabes que vengo fatal de casa de mi madre y tú como si nada, no has sabido decirme ni una palabra.

 

– Pero qué quieres que te diga, Elvira, si siempre es lo mismo, siempre que vienes de casa de tu madre la misma historia, ¿qué esperabas que te dijera?

 

– De verdad, Marcelo, de verdad que no sé en qué mundo vives, no sé si es que ya no te importo, o no te importamos ninguno de nosotros, los niños.

 

– No metas a los niños en esto.

 

– No sé, una espera, no sé, unas palabras, algo de comprensión, algo que diga, Aquí estoy si me necesitas, lo que sea, cualquier cosa vale, pero tú: nada… Métete en el carril derecho y dobla en la próxima, a ver si llegamos antes de que nos cierren.

 

– ¿Es que acaso no he estado cuando me has necesitado?

 

– Qué quieres que te diga, has estado, sí, has estado hablando de Alberto Figueroa y su fiesta… ¿qué más me da a mí la fiesta de ese tipo al que he visto dos veces en mi vida?, yo te estoy hablando de mi madre.

 

– Qué egoísta eres a veces, Elvira.

 

– ¿Egoísta?, lo que me faltaba, o sea que si te cuento que estoy mal con mi madre y tú me hablas de una fiesta de tu trabajo, soy egoísta.

 

– Egoísta y demagoga… ¿Por aquí?

 

– Sí, por aquí, no te vayas a pasar otra vez.

 

– No fue mi culpa, tú eres la que sabe cómo llegar, me avisaste demasiado tarde, ¿qué querías, que me chocara contra la furgoneta de la derecha?, odio conducir y más por esta autopista, lo sabes.

 

– Entonces, ¿para qué vienes?, para estar todo el camino con esa cara larga no entiendo por qué me acompañas.

 

– Porque tú me lo has pedido, ¿o es que ya no te acuerdas?

 

– Ah, o sea que sólo vienes porque yo te lo pido, no porque quieras comprarle un regalo a tus hijos.

 

– Elvira, no empieces, por favor.

 

– Me parece alucinante, de verdad.

 

– Elvira…

 

Silencio. Y entre dientes Marcelo,

 

– Y encima ahora no hay sitio para dejar el coche.

 

Silencio. Elvira señalando,

 

– Aparca ahí, al lado del rojo.

 

Silencio. Marcelo apaga el motor y se corta la radio. Elvira suspira una vez más sin decidirse a salir. Luego relaja la cara, mira a Marcelo, le da un beso en la mejilla y dice,

 

– Anda, no discutamos más. ¿Has pensado algo para regalarle a Lucas?

 

 

 

 

 

 

 

 


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