laurita


Conversación telefónica by indivisual
5 marzo, 2008, 10:42 pm
Filed under: Diario ilustrado

Conversacion telefónica– ¿Hola?

¿Anna?

– Ah, Héctor, que bueno que llama
ste, llevo unos días intentando localizarte pero no hay manera, ¿dónde te habías metido?, no te imaginas la semanita que he tenido.

– Anna, tengo que contarte algo.

– Oye, ¿recuerdas al doctor Valentí?

– ¿El doctor Valentí?

– Si, hombre, ése miserable que llevó el caso de mamá cuando el primer tumor, cómo no te vas a acordar. Bueno, pues me tocó operar con él.

– Ah.

– ¡Con ese personaje mezquino!, nadie quería entrar al quirófano con él, pero sabes qué, al final resulta que, médicamente hablando, claro, el tipo es todo un profesional. Ahora entiendo por qué no lo han echado todavía. La operación salió perfecta.

– ¿Sí?

– Sí, bueno, la operación fue perfecta, pero el paciente murió.

– ¿Cómo que el paciente murió?

– Paro cardiaco. Intentamos reanimarlo pero no hubo manera.

– Vaya, o sea que tan perfecta no salió.

– No, no, la operación fue limpia, impecable. El doctor Valentí estaba contento, incluso nos felicitó, ¡el doctor Valentí!, imagínate, si ese desgraciado apenas da los buenos días. Dijo que nunca había tenido un equipo tan eficiente en el hospital de La Paz. Pero bueno, ya sabes cómo es, imposible adivinar por dónde va a salir, el otro día le tiró el café a una de las enfermeras de traumatología, quién sabe lo que le habría dicho la pobre, así que ahora le han prohibido la entrada a la segunda planta, lástima que no le hayan prohibido también entrar en la sexta, pero en fin, ya no quiero perder más el tiempo hablando de ese cretino… dime, ¿qué es de tu vida?

– Anna, verás, yo te llamaba para decirte algo importante.

– Cuéntame

– Catarina ha muerto.

– ¿Cómo?, ¿Catarina?, ¿Catarina la de Ernesto?… ¿Pero cómo?, ¿cuándo?

– No sé cuándo. Ayer fui a su casa, la semana pasada me habían llamado para invitarme a cenar, pero yo estaba ocupado, así que quedamos en que iría el viernes, ayer. Me extrañó que no me llamaran para confirmar, pero luego pensé, tal y como es Catarina, seguro que lleva dos días cocinando, seguro que ha lavado el mejor mantel y ha puesto las toallas del baño a juego con las cortinas, ya sabes cómo es ella… bueno, cómo era… ¿Anna?

– Disculpa… todavía no lo puedo creer, Catarina… ¿Cómo no me lo has dicho antes? ¡Qué horror, Héctor!… ¿Qué es lo que pasó?, ¿cómo fue?

– Cuando llegué ya era de noche, yo llevaba una botella de vino, Ernesto me abrió la puerta. Estaba despeinado y tenía los pantalones sucios. Me abrazó rápido y fuerte, como se abrazan dos amigos, dos grandes amigos que se juntan para ver la final Francia- Brasil y el partido ya ha comenzado, agarró la botella de vino. “¡Vino!, ¡maravilloso!, a Catarina le encanta este vino, ¿cuántas botellas has traído?” Hablaba gritando, gritaba como un niño el día de su cumpleaños, “¡Catarina!, ¡mira el vino que ha traído el papafrita de mi hermano!, y yo que pensé que ya no vivías en el país, ¿dónde te habías metido, carajo? Y por cierto, a qué se debe esta visita inesperada, ¡Cata, está aquí mi hermano Héctor!, ¡Héctor, el desaparecido, apareció!, qué bueno, qué bueno, hermano, pasa, ¿has cenado?, me parece que no hay nada en el frigorífico, pero podemos llamar al restaurante chino y pedir uno de esos patos con salsa agridulce, ¡Catarina, qué me dices!, ¿te apetece un pato con salsa agridulce?, pero pasa, Héctor, siéntate, ahí está Catarina, ponte cómodo.” Y al oído pero sin conseguir hablar bajo, me dijo, “A ver si a ti te dice algo, hace unos días discutimos y desde entonces no me habla, no ha querido ni venir a acostarse a la cama conmigo, ahí está en el sofá, ni comer quiere, he tenido que tirar el plato de arroz que le cociné porque los huevos ya se habían puesto malos, pero con este vino, su preferido, ¿cómo lo sabías?, a ver, a ver.” Ernesto se fue a la cocina a descorchar la botella, desde ahí seguía gritando cualquier cosa, cuando volvió yo ya sabía que Catarina estaba muerta. Sólo alguien completamente desquiciado no se habría dado cuenta, Anna, sólo alguien que no supiera qué hacer con su vida si ella ya no, sólo alguien que llevara unos días completamente borracho y sin dormir podría soportar ese olor. Estaba más blanca que mamá cuando la enterramos, el cuello ya no le aguantaba la cabeza, estaba hundida en los cojines y sin embargo parecía que ya no pesaba nada, y los ojos entreabiertos, como si no le hubiera dado tiempo a cerrarlos, como si todo hubiera sido tan rápido que ni siquiera una última vez para respirar porque ya el túnel y la luz al final.

– Pero, ¿cómo?, ¿por qué?, ¡pobre Catarina!, ¿y Ernesto?, ¿cómo le dijiste?

– No le dije

– ¿Que no le dijiste?, ¿cómo que no le dijiste?

– No fui capaz. Él seguía como si nada estuviera pasando y

– ¡Pero Héctor!

– Lo sé. Cuando Ernesto volvió de la cocina ya sólo quedaba la mitad de la botella y a mí el corazón me temblaba como si lo tuviera entre las manos. Me bebí todo el vino que quedaba. “Pero Héctor, ni un poquito has dejado para Catarina, con lo que a ella le gusta, ¡Negra!, éste infeliz se ha acabado tu vino, habrá que ir a comprar más, aunque a estas horas, ¿crees que ahí arriba estará abierto, cariño?, claro que ahí nada de este nivel, pero bueno, traeré lo que encuentre, y ya que voy me paso por el chino, ¿cuántas porciones?, yo la verdad es que no tengo hambre, pero tú negra, deberías comer algo, ¿no quieres?, bueno, yo lo traigo igual, no puede ser que estés tanto tiempo sin comer nada, te vas a enfermar.” Volvió a hablarme al oído, “Aunque la verdad, hermano, yo creo que por la noche, cuando yo me acuesto, se va a la cocina y todo lo que encuentra se lo lleva a la boca, así tiene que ser, a ver si ahora que yo no estoy consigues hacerle comer algo, no es que esté preocupado, pero tú ya me entiendes, las mujeres a veces son tan difíciles y cuanto más les preguntas menos te responden y a saber si es que les vino el periodo o se quedaron embarazadas, ¿no crees?, y con el carácter fuerte que tiene Catarina, nada de presionarla, y a mí me gusta ese carácter, Héctor, tú lo sabes que me gusta, nadie tiene derecho a decirle lo que está bien y lo que está mal, acuérdate aquella Navidad, ¿te acuerdas?, ella en la cocina y mamá entrando todo el tiempo, que si le has puesto perejil, que si no le eches demasiado picante, que si huele a quemado, no será el horno que, y la Cata se marchó sin decir palabra, ¿te acuerdas?, y ahí nos dejó con el pavo a medio hacer, pero qué linda estaba, con ese vestido, ¿dónde lo habrá puesto?, me gustaría tanto volver a verla con ese vestido, ¡Catarina!, ¿dónde has dejado aquel vestido rojo y negro?, ¿sabes cuál?, aquel de la Navidad del pavo, ¿dónde estará?” Ernesto se fue a su habitación y yo lo seguí sin decir nada, te juro que no me salían las palabras, Anna, no era capaz, no podía apenas respirar, me dolían los ojos de tan abiertos, el corazón tiritándome en los labios, en los dedos. Ernesto abrió el armario de la derecha, a un lado los trajes, al otro las faldas ordenadas por el largo, abajo los pantalones, primero los vaqueros, luego los de lino, por último los de seda, las chaquetas colgadas, de más fina a más gruesa, las camisas perfectamente planchadas, los vestidos. Ernesto sacaba todo lo que iba encontrando y lo tiraba sobre la cama deshecha, o lo dejaba caer en el suelo, “Nada, aquí tampoco, era rojo hasta los pies con dos rombos negros en el costado, ¡qué lindo!, ¿dónde lo habrá guardado?” Abrió todos los cajones, el de los calcetines, el de las medias, las bragas, los sostenes, y todo el cuarto como una feria ambulante a las ocho de la tarde de un domingo. “A saber, ¿lo habrá tirado?, quizá lo ha tirado, así son las mujeres, de pronto ya no quieren algo y lo tiran, dárselo a alguien, eso nunca, imagínate a otra con ese vestido, imposible, Catarina nunca haría eso, pero tirarlo…” Mientras hablaba seguía lanzando camisetas y zapatos a sus espaldas, “Apuesto a que lo tiró el mismo día del pavo, ¿qué piensas?, porque ella es bien supersticiosa, y si ése día le fue mal…” Se subió a una silla, abrió el altillo y sacó una caja, “Claro que supersticiosa a su manera, nada de treces y gatos negros, pero recuerdo que cuando fuimos a visitar a Anna por primera vez, la viejita que se sentaba a nuestro lado estornudó cinco veces seguidas y ella sin pensarlo se levantó del asiento y le pidió al conductor que parara el autobús, No sé qué harás tú, Ernesto, me dijo, pero yo me bajo, y cualquiera se quedaba ahí arriba, que algunas mujeres empezaron a cuchichear y de pronto todos estaban abajo del autobús en medio de la autopista y el conductor intentando comunicarse con la agencia por radio, Que se han bajado todos, jefe, Sí, todos, Y qué sé yo, algo de una mujer que estornudaba, No, no señor, no está enferma, No, señor, es que hay otra que dice que si continuamos va a haber un accidente, Pues los estornudos no sé qué tendrán que ver con el accidente, pero a ver qué hago ahora con cuarenta pasajeros tirados en la cuneta.” Ernesto se reía tan fuerte que tuve miedo de que los vecinos bajaran a pedirle que no hiciera tanto ruido. Hasta entonces no había pensado en los vecinos. Imagínate, Anna, imagínate que llegan los vecinos y encuentran a Ernesto completamente borracho, a mí sin poder abrir la boca, a Catarina muerta en el sofá. Bajó la segunda caja, estaba llena de disfraces. “¡Esta máscara!, creí que la habíamos perdido. Bonita, ¿no?, una maravilla, la compramos en nuestra luna de miel, ¡Catarina, encontré la máscara verde!, ¡la máscara de la mujer colombiana!” Se puso la máscara, corrió hasta el salón, desde allí lo escuché que decía, “¡Nos quedan cuatro años!, ¡cuatro años para el diluvio universal!, ¡agua, agua!, ¿saben ustedes nadar?, ¡no importa!, ¡ni siquiera así conseguirán salvarse!, ¿te acuerdas, negra?, qué mujer aquella colombiana, qué profeta.” Volvió a la habitación y siguió revolviendo en la caja de los disfraces, pero ya no se quitó la mascara. “Era una mujer gordísima”, dijo, “como si se hubiera comido a otras tres o cuatro, y cuando Catarina la vio me dijo, Esta mujer tiene razón, nos quedan cuatro años, pero ella va a salvarse, esa máscara que lleva puesta la va a salvar. Cuando por la noche llegamos al hotel yo saqué la máscara, se la había comprado a la colombiana, y se la regalé a Catarina, ella me la puso y entonces hicimos el amor cinco veces sin parar, También tú te salvarás, me dijo, Creo que yo no voy a salvarme, pero tú, tú te salvarás. ¡Ahora recuerdo! Yo le dije que sin ella para qué me iba a salvar, eso le dije, ¡No quiero salvarme si tú no te salvas!, y tiré la máscara a la basura, ¿cómo habrá llegado hasta aquí?, pero qué importa, aquí está y me alegro tanto, qué buenos recuerdos la luna de miel, ¡Catarina, tú recogiste la máscara de la basura!, ¡cómo eres!” Hizo un gesto negando con la cabeza. La máscara era verde como el verde de un puré de verduras con demasiado apio y tenía una nariz que ocupaba la mita de la cara, la boca era a penas una línea delgadísima y roja que llegaba casi de una oreja a la otra. No tenía ojos. Ernesto se acercó a mí, como si tuviera miedo de que Catarina pudiera escucharnos, “Dime, Héctor, ¿no te parece un poco exagerado?, ¡ni siquiera recordando nuestra luna de miel me habla!” Bajó la tercera caja del altillo. “¡Ni una palabra!, y ya sé que tiene mucho carácter pero, ¿no te parece un poco exagerado? Ya le he pedido perdón, aunque tampoco fue para tanto, otras veces habíamos peleado más fuerte y en un día ya se le había olvidado. Pero ahora, ¿por qué? Cuando llegué a casa la vi hablando por teléfono, no cenó conmigo, ¡y eso que yo había traído vino!, y cuando me fui a acostar todavía estaba pegada al auricular. Siempre igual, siempre hablando y hablado por teléfono. Nunca antes le había dicho nada, pero ese día le pregunté que con quién hablaba, Eso no te importa, me dijo, y claro que una cosa es que ella tenga mucho carácter y otra que se piense que yo soy un papamoscas que no se entera de nada, así que le quité el teléfono y colgué. Es lo que tenía que hacer, ¿no te parece, Héctor?, le grité al estúpido que estaba al otro lado que no volviera a llamar a mi mujer. Tú habrías hecho lo mismo, ¿o no, hermanito?, claro que tú no estás casado y no puedes saber lo que es eso, pero toda la libertad tiene un límite, ¿o acaso se pensaría que no me había dado cuenta de lo de su amante?, ¡hasta un ciego se habría dado cuenta!, pero no me importaba, porque yo sé que en el fondo me ama a mí, no ha pasado con nadie lo que ha pasado conmigo, ¡con nadie! Un amante no quiere decir nada, seguramente alguien más joven, es normal, ¿no crees?, la necesidad de un cuerpo diferente, ¡también yo he tenido esa necesidad!, ¡también yo me he acostado con otras!, y, sin embargo, nunca he dejado de amarla, a ella, sólo a ella. Pero esta vez me estaba haciendo daño, parecía como si quisiera lastimarme a propósito, estaba distante todo el tiempo, casi no hablábamos, ¡cómo íbamos a hablar, si ella estaba todo el tiempo al teléfono! Cuando colgué volvieron a llamar. No nos movimos, nos miramos como si pudiéramos vernos por dentro, como si con los ojos pudiéramos quemarnos las tripas. La siguiente vez que sonó el teléfono ella se abalanzó para cogerlo y entonces yo me tiré encima hasta que conseguí quitárselo. Así fue, no más. Se lo quité, lo desenchufé y luego lo hice pedazos, por si acaso. No pasó nada más, eso es todo, hermanito. Nada más, de verdad. Yo me fui a dormir y ella no quiso venir conmigo, se quedó en el sofá y ahí hasta hoy… ¿Crees que fui muy duro con ella?”

– ¡Héctor!

– Sí, lo sé, yo nunca lo habría sospechado, nunca, nunca, ¡por Dios, es nuestro hermano!, pero en ese momento, mientras me contaba aquello, con la diabólica máscara verde mirándome sin ojos, con una sonrisa fantasmagórica, con esa nariz tan grande que no conseguía oler el cuerpo de su mujer que se podría en la habitación de al lado…

– ¡Héctor, yo era la que estaba hablando con Catarina esa noche!, ¡Catarina no tenía ningún amante!

– ¿Cómo?

– Dios mío, no puedo creerlo, no puedo creerlo. Verás, el lunes Catarina me llamó para pedirme que la ingresáramos en el hospital.

– ¿Qué?, ¿estaba enferma?

– Espera. Me llamó para pedirme que le hiciéramos todos los análisis posibles. Yo le pregunté exactamente lo mismo que tú, le pregunté si acaso se sentía enferma, si tenía algún dolor muy fuerte, si había notado algo extraño en su cuerpo los últimos días. Ella me dijo que se sentía perfectamente. “¿Entonces?”, le pregunté. Al principio no quiso decirme nada más, sólo me suplicaba que la internáramos, que le hiciéramos pruebas. Yo le dije que si no había ningún motivo, no se podía hacer ninguna prueba. Siguió insistiendo y al final me explicó. “Anna, he tenido un sueño muy extraño. Hace algunos años soñé con una casa, era una casa hermosa, como recién pintada, con sus cuadros en las paredes, los armarios ordenados, el perro esperando en la puerta, meneando la cola cuando yo llegaba, las sillas de la cocina iguales que las del salón, el cuarto de invitados preparado, con olor a lavanda, con toallas limpias a los pies de la cama, flores en todas las habitaciones, la cocina llena de frutas. A partir de ese día, cada cierto tiempo vuelvo a tener el mismo sueño. Claro que la casa no es siempre la misma, y en vez de un perro a veces hay una pecera gigante, o un gatito acariciándose contra cada mueble, pero de pronto una noche apareció una puerta cerrada y sin cerradura. Desde entonces, siempre aparece en mi sueño esa habitación a la que no puedo acceder. Cuando soñaba con la casa, ya apenas me fijaba en el jardín o en las fotos colgadas en la pared. Rápidamente buscaba la puerta cerrada y pasaba casi todo el tiempo intentando abrirla hasta que amanecía y entonces sonaba el despertador de Ernesto. Hace diez días volví a soñar con la casa, pero por primera vez no encontré la puerta cerrada. La verdad es que me parece que ni siquiera la busqué. Ahora llevo diez noches soñando con la misma casa, idéntica, igualita, sólo que cada vez le faltan más cosas. Primero desaparecieron las camas y los sillones, luego la mesa y sus sillas, al día siguiente cuando entré en la casa tampoco había flores ni gato. Ayer la casa estaba vacía, Anna. No había nada. Ni siquiera había color en las paredes, era totalmente blanca, ¿comprendes? No quedaba nada, ¡nada! Sólo luz. Luz blanca. Luz blanca como si atravesara las paredes, ¿entiendes ahora, Anna?… Espera un segundo, parece que viene Ernesto.” Entonces escuché unas voces pero no conseguí distinguir las palabras. Luego la línea se cortó y ya no volví a saber nada más.

– ¿Cómo que no volviste a saber nada más?

– Bueno, la llamé dos veces más pero nadie contestó. Me quedé un rato pensando en la cama y se lo conté todo a Antonio. “Pamplinas”, dijo él, “esa mujer es tan rara que no me sorprendería que comiera debajo de la mesa. Olvídalo, cielo, y descansa, que mañana tienes que operar.” Así que me quedé pensando en el doctor Valentí y en lo poco que me apetecía, en fin, ya sabes… Dios mío, ¿tu crees que si la hubiéramos internado?…

– Cómo saberlo…

– Ay, Héctor, que cosa tan horrible, que situación…

– Anna. Hay algo que no te he dicho. Catarina y yo…

– …¿Sí?

– Bueno, pues eso, que Catarina sí tenía un amante.

– ¡Héctor!

– Lo sé. Lo sé. No me digas nada, por favor. Pensé que nunca le contaría esto a nadie, y menos a ti… Desde hace tres años, no era nada serio, no estábamos enamorados, sólo nos veíamos una vez a la semana, a veces ni siquiera. Ella se dio cuenta de que Ernesto sabía que estaba con otro, así que me dijo que lo mejor sería dejarlo antes de que averiguara más. Yo me fui al norte, ahí llevo las últimas dos semanas, en la casita de la playa. Y ahora ella está muerta.

– Héctor…

– Ernesto no dejaba de sacar toda su ropa, todo por el suelo, él con la máscara y aquel olor insoportable… “¡Aquí está!”, dijo de pronto. “¡No lo había tirado! Ya lo sabía yo, es demasiado bonito este vestido, ¿no te parece? ¡Hasta los pies le llegaba! Ojala quiera ponérselo otra vez, ¿podrás convencerla? Yo iré a comprar el vino y a ver si aún les queda pato con salsa agridulce, ¿si?, intenta convencerla, hermanito, por favor, estaría tan linda. ¡Apuesto a que tú también te enamorarías de ella! Inténtalo, anda.” Me dio el vestido y se fue.

– ¿Y?… ¡Sigue!

– Yo me quedé mirándola, aún con su vestido en la mano. Si no hubiera sido por el olor me habría quedado observándola todo el tiempo, pero no aguantaba más. Dejé el vestido en el sofá, a su lado, y salí de la casa caminando tan despacio que creí que nunca conseguiría atravesar la calle. Me entró el pánico. ¿Y si Ernesto sabía que Catarina y yo…? Si la había matado a ella, ¿por qué no iba a matarme a mí? Así que llamé a la policía, les di la dirección y me quedé observando desde la otra esquina. El coche llegó pocos minutos después de que Ernesto regresara. Llevaba una botella de vino medio vacía y una cajita de cartón con letras chinas. Luego lo vi salir rodeado de agentes con metralletas, “¿Por qué meten a mi mujer en una bolsa de plástico?, ¡sáquenla, desgraciados!, pero, ¿qué están haciendo?, ¡se va a ahogar!, ¡la van a matar!” Gritaba tan fuerte que poco a poco se fueron encendiendo las luces de las casas alrededor y la gente salía a la ventana a ver qué pasaba, él todavía tenía l máscara puesta. Debieron de pensar que se trataba de una función.

– Dios mío, qué horror, qué horror, Héctor… ¿Y ahora?, ¿qué vas a hacer?, ¿qué vamos hacer?… Por Dios, y tú, ¿cómo estás?

– Aún no he conseguido dormir. Me han llamado hace unas horas de la comisaría. Quieren que vaya a declarar, pero no sé si voy a poder, Anna. ¡Es nuestro hermano!

– Lo sé. Lo sé, cielo, pero tienes que hacerlo. Tienes que hacerlo.

– Tengo que hacerlo. Voy a ducharme primero.

– ¿Quieres que vaya contigo?

– ¿Vendrías conmigo?

– Claro que sí, lo que tu me pidas, dime dónde nos encontramos.

– No, Anna, mejor quédate en casa, intenta descansar… Pero sí hay algo que me gustaría pedirte.

– Lo que sea.

– Verás, Anna, me van a preguntar si Catarina y yo teníamos alguna relación. Yo no puedo negarlo, hay demasiadas pruebas, podrían sospechar de mí, así que tendré que contarles la verdad.

– ¡Pues claro!

– Sin embargo, creo que es mejor que no les diga que he estado fuera estas dos semanas. No tengo cómo probarlo, me fui solo, en coche, estuve en la casita que tenía mamá… ¿No crees? Y, bueno, había pensado pedirte que dijéramos que me he quedado en tu casa, que estaba enfermo, que me has estado cuidando, ¿qué me dices?… ¿Anna?

 


1 comentario so far
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esto es bueno de verdad
la historia tiene fuerza
el ritmo es intenso, inteligente, inesperado
la trama, los cruces, …. enhorabuena.

Comentario por pelucas




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