laurita


Cuando el sol se ponga by 0dise0
16 noviembre, 2007, 11:22 am
Filed under: Pie de foto | Etiquetas:

Cuando el sol se ponga

Le construyeron una estatua a Pablo Neruda. Cuando estuvo acabada, los poetas chilenos le rindieron un homenaje seguido de un gran banquete en el Hotel Marriott de la avenida Kennedy, llegando a  Las Condes, al que asistió el presidente y algunos ministros –razón por la cual dejaron de asistir algunos poetas de los importantes, porque ya se sabe que los que no son importantes no pueden permitirse el lujo del orgullo y tienen que vestirse de pajarita y hacer reír al que se sienta en la cabecera y llamarlo Excelencia y algunos llevan meses preparando la actuación y de pronto unas cuantas botellas de vino arruinan su monólogo y le dicen, Presidente de mierda, y ya saben que tendrán que dedicarse a la fontanería o a la electricidad y escribir luego espasmódicamente como se escribía en las guerras o en las dictaduras. Todos brindaban Por Pablo, así, como si le hubieran dado una palmadita en el hombro tras leer Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, recién escrito de su pluma y aún con tachones en el papel. ¡Por Pablo!, y chocaban las copas y el mantel rojo burdeos y se acababan las botellas, ¡Matilde, nombre de planta o piedra o vino!, y volvían a chocar hasta que alguna se rompía y los poetas decidían que era tiempo de sentarse y se sentaban a escuchar el discurso de Eduardo Anguita como si estuvieran en misa y él acababa, ¡Por eso, brindemos, camaradas, por Pablo!, y otra vez todos en pie. El presidente se levantó y con él sus ministros, pero los poetas ya estaban borrachos hasta el punto de Presidente de mierda y ni siquiera lo vieron marcharse. Antes de abandonar la sala, sin embargo, Enrique Lihn lo escuchó preguntar, ¿Decidieron ya donde querían emplazar la estatua? El poeta gritó para que lo escuchara toda la sala, Mirando al mar, ¿Qué mirando al mar?, La estatua, repitió Lihn esparciendo vino con cada una de sus palabras, mirando al mar, ¡Cómo mirando al mar!, ¡Pablo le tenía terror al mar, de daba pánico!, Y sin embargo –se agarra a una silla para no caer, como una peonza que pierde la inercia y acaba por sostenerse por una esquinita de la pared-, y sin embargo, compadre, todas sus casas eran como barquitos, ¡Sí señor!, y las piezas como camarotes, ¡Qué bacán el gordo!, Una noche se acuestan con la muerte en el lecho del mar, Y sí, bueno, pero el mar no lo pisó nunca, Era como su amor platónico, el mar y cuánto mar, se sale de sí mismo a cada rato, ¿para qué inmortalizarlo ahora mirando al mar?, Para recordarle el infinito que siempre sufrió el infinito cuando el sol se ponga, Pamplinas, está muerto, ya conoce el infinito, El muy papafrita se murió sin tocar el mar y ustedes quieren que se quede ahí mirándolo como si fuera un espectáculo de mierda de los que echan en chilevisión a partir de  las diez, Estoy contigo, Fernando, nada de mirando al mar, lo pondremos de espaldas al mar, más simbólico, como una fase que ya pasó, Sí, mirando a los Andes, ¿Hacia Argentina?, ¡eso ni loco, güeón! –Murmullo creciente en la sala, alguien aprovecha para gritar, ¡Más vino!, y una voz retoma el poder entre la confusión, Y bueno, tranquilos camaradas, ya vimos que ahí sí estamos de acuerdo, nada de mirando a Argentina, eso ni soñarlo… pero mirando al mar, loco… no sé, me da pena el viejito mirando al mar, agarrotado en su nicho de acero, comprimido, mareado, a punto de caerse sobre los turistas que le hacen fotos con su flash como faros en las costas…, Y bueno, tienes razón, mala onda mirando al mar, mala onda, ¿Y al norte?, ¡Qué calor!, ahí, al desierto, como si fuera un poeta sin palabras, O con palabras como pinchos, ¡Que no, como un oasis, como el final del Valle del Elqui!, Pero aquello está plagado de arañas de rincón, de esas que se lo comen a uno, ¿Y el sur?, Claro, el sur, las islas, ¡Chiloé!, Y ahí volvemos al mar y a cuando el sol se ponga, que no, nada de islas, estaría rodeado, Imagínate, flaco, rodeado como Polonia antes de la entrada de los alemanes, Volvemos al mar, Y al desierto, verde, pero al desierto, A la nada, ¡Ah, el sur, cómo lo sabía Borges!, Ya estamos otra vez con los argentinos de mierda –gallinero, picotazos que no van en busca del maíz sino de las plumas, ¡Más vino!
El sol se pone al final de la Alameda, Lucas dobla una esquina, una cualquiera, una calle sin nombre, gris, como todas, un puestito de golosinas y galletas, un supermercado, una farmacia de esas de cadena como quien abre un restaurante de comida rápida y lo mismo da Hong Kong que Tombuctú, un banco y ahí, frente al banco, una estatua, y Lucas se pregunta en qué narices pensará Pablo Neruda mientras mira eternamente al cajero automático.

 


		

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