laurita


Watermelon man (don’t you ever dye on friday) by indivisual
15 agosto, 2008, 1:28 am
Filed under: Diario ilustrado

 

Martín abrió los ojos pero no por eso estaba más despierto. Era viernes, había soñado con su propio funeral y aún le resonaba una música de Herbie Hancock en la cabeza, la vecina bailaba en el living de su apartamento mientras su madre servía piña colada a los invitados (vestidos de negro reglamentario, eso sí). La tía Marta había ido a la peluquería para la ocasión y por fin había terminado con esas aterradoras canas que le crecían como si le estuvieran succionando las ideas, como si por dentro se hubiera secado por completo. Sus primas Elena y Rosita llevaban vestidos nuevos y demasiado elegantes, iban de un lado a otro de la pieza agarradas del brazo, bebiendo a sorbitos de gato sus copas de champaña y pidiendo cigarrillos a familiares lejanos y desconocidos. Martín reconoció también a algunos compañeros de la escuela primaria, cuando aún vivían en la calle Bulnes y hacían carreras en bicicleta hasta llegar a la Alameda y tocaban el timbre de Berta Molina y salían corriendo y dejaban solo a Miguelito que se quedaba mirando a la ventana y sólo se daba cuenta de que lo habían abandonado cuando salía la madre a retarlo, Berta está estudiando, no como ustedes, que se la pasan en la calle todo el día, flojos, ¡holgazanes! Y ahí estaba ahora Miguelito, con corbata y treinta años mal sumados, con la camiseta interior por fuera del pantalón que tenía que subirse cada dos minutos para que no se le cayera y dejar al descubierto unos calzones del Pato Donald o del Rey León. Ramón hablaba con voz ronca y sólo se callaba para dar paso a las risas del resto. A su lado estaba una mujer bastante más mayor, de cuello cansado y pestañas nocturnas a la que besaba de vez en cuando, cuando Hugo o Diego añadían algún comentario. Margarita cruzó la sala pisando al ritmo del bajo, firme y segura como para borrar cualquier huella de edad que pudiera adivinarse tras el maquillaje, y se paró frente al grupo, “Vaya, vaya, cómo han crecido estos chiquillos”, sonrió. “Usted sin embargo se ve más joven que nunca, tía, ¿cuál es la técnica?, ¿tendré que empezar a usar vestido y tacones de fiesta?” Todos rieron. “Me alegra saber que sigues siendo el mismo Ramón que conocí”, dijo mientras lo miraba como si tuviera los ojos tras un velo de secretos evidentes. Margarita repartió besos sonoros dejando un rastro rojo en la mejilla de todos los antiguos amigos de su hijo Martín y fue a recibir a los nuevos invitados que habían tocado el timbre. Dos niñas entraron corriendo y se perdieron entre los manteles de las mesas llenas de canapés y ensaladas. Un matrimonio apareció tras la puerta, “¡Margarita!, qué buena música, se escucha en toda la cuadra, venimos bailando desde el primer piso”, “Ya decía yo que faltaba alguien; pasa Esther, hola Horacio, bienvenido”, “Te ves divina, Marga, pareces incluso más joven que yo; he vuelto a engordar, y eso que me apunté al gimnasio, como si no hiciera suficiente ejercicio corriendo detrás de las gemelas, pero nada, no bajo ni medio gramo, te he traído unos trajes a ver si te sirven, y si no, pues se los das a la Rosario; y mira, hice un pudín de carne, de esos que le gustaban tanto a Martín”. Por primera vez Martín escuchó su nombre, así que se quedó atento a las palabras de la tía Esther, esperando que le revelaran por fin el por qué de su muerte, o esperando escuchar al menos algunas palabras de condolencia y aflicción, de esas tan típicas en los funerales de las películas y en los de la vida en general, suponía, donde no hay trompetas ni saxofones, pero la tía Esther cambió de tema tan rápido que pasado un minuto Martín ni siquiera pudo estar seguro de que lo hubiera mencionado, entre otras cosas porque él siempre había sido vegetariano.

 

Horacio huyó a la cocina, se tomó tres vasos de piña colada y apareció una hora más tarde con risita de roedor y movimientos desparejos bailando con la vecina. Esther perseguía a las gemelas para que tomaran leche pero ellas se escapaban y se giraban para sacarle la lengua o señalarla con el dedo índice entre carcajadas desdentadas. La vecina llevaba una falda corta y con tanto vuelo que en cada giro se le asomaba la ropa interior en un gesto así como guiñando un ojo y echando el humo del cigarro. Horacio la levantó en un intento de pirueta acróbata de bailarín sobre hielo, pero cayó al suelo y se golpeó la cabeza. “Ya estás armando el espectáculo”, se quejó Esther, “qué vergüenza, no sé para qué te traigo, dos copas y siempre igual, ¡niñas, aquí ahora mismo!” Acabó la canción y justo sonó una llave que abría la puerta, era Rosario, tan flaca como siempre, con un vestido morado y el pelo de rizos pequeños y erizados como pelo de pubis. Hubo un momento de silencio, todos la miraron, ella sonrió como sonríen las coquetas, haciendo que no se dan cuenta de nada pero mordiéndose el labio y mirando de reojo como si fueran ellas las que observan la situación y no al contrario, la situación la que las observa a ellas. “¿Qué pasó con la música?”, preguntó justo en el momento en que tenía que preguntarlo para que todos pudieran volver a respirar. Nicolás fue el primero en saludarla, “Mi cuñada preferida”, dijo, “La única que tienes”, respondió ella, “Yo estoy a cargo del jazz”, “Pues lo estás descuidando”, “Te equivocas, está todo preparado.” Entonces sonó un piano al que poco a poco se le fueron sumando una batería, un bajo y una guitarra y Martín pensó que en verdad su hermano lo tenía todo preparado cuando la trompeta de Miles Davis empezó The autum leaves y le tendió la mano a Rosario y fueron los primeros en bailar apretados, claro que en dos minutos también Ramón y su novia y Horacio y la vecina y la tía Marta y Miguelito y las primas Elena y Rosita con Hugo y Diego y la música venía exactamente de donde estaba el cadáver de Martín, como si alguien se hubiera molestado en colocar los altavoces a la altura de sus orejas muertas para que fuera el primero en escuchar su propio velatorio desde el más allá, así como si por si acaso la música lo animaba a volver al mundo terrenal y agarrar su saxo para hacerle la segunda voz al negro de ojos de sapo en un concierto póstumo, inédito, insólito. Sin embargo, aunque a Martín le daban ganas de ir a su cuarto y desenfundar el instrumento, tenía los ojos clavados en su hermano Nicolás, que tenía la boca demasiado cerca de la boca de Rosario, casi parecía que estaban respirando el uno del otro, y sintió cómo las entrañas se le retorcían por dentro como lombrices apelmazadas hasta que acabó el tema y de nuevo bee bop, faldas al aire y cambios de sentido.

 

Martín advirtió entonces el humo denso de la marihuana y al darse la vuelta se topó con una discusión existencialista, desordenada y colorida sobre el Ego, el materialismo, el sistema, las alternativas, la creatividad. Miró a Lucas y recordó las tardes infinitas en el café libertario, los eternos monólogos de Víctor cuando los párpados restantes ya no eran capaces de seguir aguantando, Leo cebando mate entre libros de Bakunin y cuentos de Borges, el sudor en la frente de Jonhy después de la carrera con la policía rozándoles la espalda en una protesta tan imposible como real, la camisa rasgada de Susana, el grito unido, multiplicado, imparable, el pulso vibrando en las yemas de los dedos como la cuerda de un violín un segundo antes de romperse, las pinturas brillantes de Begoña, los zapatos rojos de Felipe, la nariz de payaso de la Danisa, el mundo reinventándose en cada risa de Mateo, la canción desgajando la garganta de Eliana en medio de una tormenta. Las lombrices que antes se le retorcían a Martín en las entrañas se convirtieron en perdigones que salían disparados desde el estómago, le llegaban hasta la punta de cada pelo y ahí se quedaban haciéndole cosquillas, haciéndole sentir, paradójicamente, más vivo que nunca.

 

El tío Edgardo estaba en la ventana fumándose un puro y parecía observar la escena desde afuera, como satisfecho, como el vocalista de un grupo en la fiesta tras su primer concierto. Martín siempre habría jurado que el tío Edgardo dormía con calcetines y se acostaba antes de las nueve, por eso cuando lo vio sonreír, con una mirada casi seductora, no podía creerlo y tuvo que frotarse los ojos, como si acaso uno pudiera salir del sueño así tan fácilmente, y por un momento se sintió un invitado más en el extraño velorio, pero en seguida recordó que él era el muerto, el único muerto. Deseó extrañamente que llegara un cura – ¿un cura?, se repetía aturdido en su propio deseo inexplicable-, deseó que todos se reunieran en círculo, que Ramón leyera un epitafio, que la Rosario cantara una canción triste de Nina Simone, que la tía Esther reconstruyera la última Navidad que habían pasado juntos, que su madre llorara recordando el día en que dio los primeros pasos, que Lucas le leyera por última vez el manifiesto anarquista del mundo al revés, que las gemelas preguntaran Dónde está el primo Martín y luego un órgano solemne, Amén, mocos, pañuelos y hombros mojados. Sin embargo, el ataúd, al final de la sala, había pasado a ser un mueble más de la casa. Los parientes dejaban encima sus copas vacías, los ceniceros llenos, o entonces apoyaban en él los codos para seguir la conversación sobre la caza de ballenas en Japón. Martín miraba la escena como si se tratara de una película, como si sus ojos fueran la cámara, la big band haciendo sonar trombones y clarinetes, plano general, gritos y risas y piña colada y una sensación como de noche de fiesta después de la presentación de un libro exitoso, flash, falsa sonrisa, comentario al oído, miradas paralelas, miradas que se cruzan, miradas que se quedan y la seguridad de que al día siguiente pintalabios, portada en las revistas y desbordamiento en el teléfono, en el lavaplatos, en el ropero.

 

Era ese sentimiento encontrado entre el orgullo y el deshonor, entre la alegría y la rabia. Todo como le habría gustado leerlo en un libro; sin duda habría sido su película favorita. Y por otra parte, él (no un libro ni una película, no un personaje, ¡Él!, ¿acaso ya nadie se acordaba?). Todos parecían tan felices… Pero no le dio tiempo a terminar su reflexión porque la puerta se abrió y la sala empezó a llenarse de viejitas como salidas de la iglesia, o escapadas del hospital, como ratas encerradas saliendo de la jaula abierta. Martín las miraba intentando reconocer algún gesto, alguna arruga familiar, ese lunar en la mejilla que distinguía el apellido de su madre, pero nada. Algunas daban vueltas en círculo con una amiga del brazo, otras pululaban solas por el cuarto, como medio perdidas pero sonrientes en su propio delirio, otras invitaban a bailar a las nenas, otras descorchaban botellas de vino y las más atrevidas fumaban marihuana y en poco rato las risas salían como la espuma al volcar la cerveza en el vaso. Martín, sin poder salir de su ataúd, abría los ojos esperando encontrar un detalle que le explicara, pero nada, “Ahora ya sí no entiendo nada”, pensó, y no por eso las viejas dejaban de entrar, como si fuera fin de año y los gorritos de papel maché, los matasuegras, los globos de colores, la serpentina y esos circulitos de colores que nunca nadie consigue barrer el día después. Pero nadie parecía pensar en el día después, la noche renacía como eterna y esas viejas llevaban siglos sin salir a la discoteca y ahora se quitaban los zapatos y los lanzaban al aire como si de veras se hubieran adueñado del funeral, una verdadera conquista, los zapatos eran como balas disparadas hacia arriba, y aquella señora sacándose la falda y sacudiéndola en círculos al ritmo de la música era sin duda la bandera plantada. Martín buscaba a su tía Marta, a su madre, a Rosario, a sus amigos de Bulnes, nada, nadie, Martín pasaba caras y las iba apartando como si buscara una carta perdida entre la baraja, pero nada, nadie. Todos habían desaparecido y ya sólo quedaban esas viejas rejuvenecidas, recalentadas en el microondas, -la música había cambiado y ahora sonaban violines balcánicos, trombones con sombrero, acordeones entre gallinas. Todas bailaban descontroladas y nunca paraban de entrar, como si hubiera una fila dando la vuelta a la esquina y cien mil viejas esperando entrar al velorio de ese tal Martín al que no conocían y del que no hablaba nadie y ya desde la calle iban moviendo las caderas oxidadas y sonaban a destiempo y por eso quedaba bien. Martín, cansado de buscarle sentido a las patas arriba, se abandonó en su cajón de madera, aún sin saber que estaba soñando, y mientras ya su cuerpo regresaba poco a poco a las sábanas revueltas y mojadas por el sudor (los ojos entreabiertos pero no por eso más despierto), alcanzó a escuchar a un par de viejas que se acercaban al féretro al final de la sala y lo miraban como quien mira una exposición posmoderna en un museo de Londres, alejándose y acercándose, quitándose y poniéndose unas gafas sin graduación, y una le decía a la otra, A quién se le ocurre morirse un viernes, dime tú, a quién. 

 

 



Preludio en Do menor by indivisual
15 agosto, 2008, 1:24 am
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Elvira hablando de su madre,

 

– No entiendo qué pretende, de veras no lo entiendo, ¿quiere que acabe como una vieja amargada, como ella, sola, encerrada en esa casa tan desproporcionadamente grande que es como ponerle a una niña ropa de gordo y las mangas colgando y la niña sin encontrarse las manos?

 

y Marcelo que ya ha escuchado demasiadas veces las mismas palabras, pero sabe que si las repite con los labios, portazo y discusión, así que se queda en silencio mientras Elvira,

 

– Siempre igual, siempre lo mismo, “Ven a verme, es Navidad y estoy tan sola”, y luego, de pronto, de la nada, mala cara y silencio y una como adivinando de dónde viene el enfado, en qué lugar se torció el tren y empezó a ir en otra dirección. Claro que resulta obvio, no es que una no sepa cuál es la piedrita (demasiados años y siempre la misma), es que en verdad es tan insignificante que resulta difícil creer que en verdad es ésa la piedrita que no le deja caminar. Y después del silencio, como si ya estuviera todo escrito, paso por paso, siempre la misma escena, reproche tras reproche, “que si para qué vienes a verme, que si sólo vienes porque es Navidad, que si los niños van a por su regalo y casi ni la saludan, que si no te lo pido quizá ni apareces”… de verdad, me tiene harta, siempre actuando, siempre el mismo guión, y luego antes de irme, “bueno, dame un beso y olvidémoslo”, y ella como si nada hubiera pasado…

 

Y Elvira que se da cuenta de la situación, Marcelo conduciendo y moviendo la cabeza al ritmo de la música que es música de verano, semáforo en rojo, Marcelo que mira a Elvira y sonríe comprensivo y Elvira con ganas de bajar por completo el volumen de la emisora, o de bajar del coche directamente y quedarse ahí mismo, en cualquier calle, en ninguna. Silencio, anuncios en la radio, “Esta Navidad, no se pierda una oportunidad única, las mejores ofertas están en Matriz Home, ¡redecore su vida!”, “El regalo más original para tus hijos lo encontrarás siempre en Marshal Reve, ven y haz realidad sus sueños”. Música clásica, Marcelo que mide los segundos y ya le parece que ha pasado el tiempo suficiente para poder cambiar de tema,

 

– Alberto Figueroa se va de la empresa, parece que ya se cansó de esperar y que nunca lo ascendieran.

 

Silencio. Marcelo que duda un segundo pero sigue,

 

– Va a dar una pequeña fiesta de despedida en su casa del campo la semana que viene, una merienda. Nos ha invitado.

 

Silencio.

 

– Es el martes.

 

Silencio, y enseguida Elvira,

 

– Ya sabes que los martes tengo yoga, de seis a ocho. Lo sabes perfectamente.

 

El comentarista de la radio, “Acabamos de escuchar Preludio en Do menor de J. Sebastián Bach en Tocata y fuga”.  Entran en la autopista, un coche adelanta por la izquierda,

 

– La gente conduce como si fueran solos, ni siquiera miran al de al lado-, se queja Marcelo con esa voz irritada del que lleva el volante.

 

Silencio. Empiezan las noticias de las dos. “Resuelto el caso de Evita Perales, la policía encuentra a la pequeña en el peligroso barrio de San Francisco veinte días después de su desaparición y culpa a los familiares por no preocuparse de los problemas que llevaron a la niña a escaparse de su casa donde, según ella misma aseguró, los gritos no la dejaban vivir ni siquiera subiendo el volumen del televisor al máximo”.

 

– Pobrecita… ¿y a eso le llaman familia?-, comenta Marcelo acompañando la Crónica Semanal. Suspiro de Elvira (Marcelo sigue mirando a la carretera pero se imagina perfectamente la cara que sigue al bufido de su mujer, ya se la sabe: ojos en blanco, cejas arqueadas y desdeñosas, negación con la cabeza y mirada que sale escapándose por la ventanilla y va pasando los carteles que anuncian viviendas lujosas, “Disfrute de su familia mientras nosotros nos encargamos de su seguridad”, medicamentos, “Acabe con el dolor de cabeza, dígale adiós al estrés”, y centros comerciales, “Redecore su vida”). Entonces Elvira,

 

– Es aquí, a la derecha.

 

– ¿En esta salida?-, Marcelo desorientado.

 

– Sí, sí ¡en ésa!…en la que pasamos.

 

– ¿Nos la pasamos?, ¡Mierda!

 

– Nos la pasamos no, te la pasaste. Joder, Marcelo, ¿en qué ibas pensando?

 

-Y tú, ¿no me podías avisar antes?

 

– Como si fuera la primera vez que venimos.

 

– Como si alguna vez le hubiera prestado atención a esta carretera de mierda, todos los centros comerciales son idénticos.

 

– Claro, ahora la culpa la tiene la arquitectura de los edificios. ¡Venga hombre, Marcelo!

 

– ¿Sabes qué?, no me importa, de verdad que no me importa esta discusión.

 

– ¿No te importa?,

 

– No, no me importa, dejémoslo.

 

– ¡Claro que no te importa!, no te importa nada. No te importa nada ni nadie, tampoco yo. Desde que salimos vienes pensando en otra cosa, en cualquier cosa.

 

– ¿Cómo?, pero si venía escuchándote.

 

– ¿Escuchándome?, anda no me hagas reír, sabes que vengo fatal de casa de mi madre y tú como si nada, no has sabido decirme ni una palabra.

 

– Pero qué quieres que te diga, Elvira, si siempre es lo mismo, siempre que vienes de casa de tu madre la misma historia, ¿qué esperabas que te dijera?

 

– De verdad, Marcelo, de verdad que no sé en qué mundo vives, no sé si es que ya no te importo, o no te importamos ninguno de nosotros, los niños.

 

– No metas a los niños en esto.

 

– No sé, una espera, no sé, unas palabras, algo de comprensión, algo que diga, Aquí estoy si me necesitas, lo que sea, cualquier cosa vale, pero tú: nada… Métete en el carril derecho y dobla en la próxima, a ver si llegamos antes de que nos cierren.

 

– ¿Es que acaso no he estado cuando me has necesitado?

 

– Qué quieres que te diga, has estado, sí, has estado hablando de Alberto Figueroa y su fiesta… ¿qué más me da a mí la fiesta de ese tipo al que he visto dos veces en mi vida?, yo te estoy hablando de mi madre.

 

– Qué egoísta eres a veces, Elvira.

 

– ¿Egoísta?, lo que me faltaba, o sea que si te cuento que estoy mal con mi madre y tú me hablas de una fiesta de tu trabajo, soy egoísta.

 

– Egoísta y demagoga… ¿Por aquí?

 

– Sí, por aquí, no te vayas a pasar otra vez.

 

– No fue mi culpa, tú eres la que sabe cómo llegar, me avisaste demasiado tarde, ¿qué querías, que me chocara contra la furgoneta de la derecha?, odio conducir y más por esta autopista, lo sabes.

 

– Entonces, ¿para qué vienes?, para estar todo el camino con esa cara larga no entiendo por qué me acompañas.

 

– Porque tú me lo has pedido, ¿o es que ya no te acuerdas?

 

– Ah, o sea que sólo vienes porque yo te lo pido, no porque quieras comprarle un regalo a tus hijos.

 

– Elvira, no empieces, por favor.

 

– Me parece alucinante, de verdad.

 

– Elvira…

 

Silencio. Y entre dientes Marcelo,

 

– Y encima ahora no hay sitio para dejar el coche.

 

Silencio. Elvira señalando,

 

– Aparca ahí, al lado del rojo.

 

Silencio. Marcelo apaga el motor y se corta la radio. Elvira suspira una vez más sin decidirse a salir. Luego relaja la cara, mira a Marcelo, le da un beso en la mejilla y dice,

 

– Anda, no discutamos más. ¿Has pensado algo para regalarle a Lucas?

 

 

 

 

 

 

 

 



Partes del cuerpo, la garganta by indivisual
4 agosto, 2008, 2:19 am
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Nos regalaron una bombilla al revés. Uno puede hacer burbujitas en el mate, pero nada de tragar. En el asiento de al lado del colectivo, unos uruguayos nos miran enfurecidos, imagínate, se van poniendo rojos, cada vez más y más, como dibujos animados, la vena del cuello saliéndose como si fuera cable, el pelo erizado como si un enchufe y la mujer, Che, Ariel, calmate, tranquilo, y el tal Ariel que agarra su termo gigante, vuelve a poner agua en su matero gigante y se concentra en beber hasta que poco a poco va volviendo a recuperar el color de siempre. Alvarito, sentado a mi izquierda, intenta con todas sus fuerzas hacer subir el agua por la bombilla, pero es la bombilla la que acababa por aspirarle el labio a él y se le queda colgando como cuelgan los dientes antes de caerse. Entonces, Alvarito me tira de la manga hasta que le presto atención, esconde la boca entre las manos, se levanta, pone cara de estar presentando un truco de magia y grita, Atención, señores y señoras, con todos ustedes: ¡la bombilla al revés! Y se descubre la boca, la bombilla colgándole del hocico, y Ariel que ya está haciendo ruiditos de tormenta o de pelo estropeado en el secador. Alvarito chupa por la bombilla y parece un muñeco de trapo sin relleno, los labios se le quedan con forma de beso de abuela, los cachetes como ventosas hacia dentro, los ojos como payaso observando al público. De pronto, inesperadamente aunque después de esperarlo tanto, parece como si el mate hubiera decidido resignarse a subir por la bombilla y entonces es Alvarito haciendo aspavientos, su mano se enreda en mi pelo, se le acaba el aire, suelta la bombilla, el mate que se resbala como en una escena de Chaplin, pero Ariel cerrando los ojos como si estuviera viendo una película de Robert Wiene y yo gritando emocionada, ¿Y?, ¿bebiste?, Alvarito con cara de Celia Cruz chupando limón, Nos regalaron una bombilla al revés, dice escupiendo, esta vez con cierto abandono. En efecto, el agua se quedaba abajo, mientras que la hierba, al contrario de lo que se espera, subía por la bombilla y sonaba como una trompeta si un borracho, o como un tubo de escape desajustado.



Cañerías by indivisual
20 junio, 2008, 1:50 am
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Santiago me escupe,

me vomita en cada esquina

-esquinas con sabor a pera húmeda,

esquinas de humo y aceite.

 

Santiago, tantas veces asfalto sobre olvido,

charcos en la arena del parque vacío,

maquillaje frente al espejo, máscara,

máscara en el banco y en la escuela,

máscara trabajando y, de pronto,

masa inmunda de enmascarados a la vuelta del trabajo.

 

Pero qué importa; si todo el tiempo

es tiempo perdido.

Qué importa; si al final ni siquiera el tiempo existe

-o, acaso, es lo único que tenemos.

 

Santiago, como un eterno reloj de arena

que me consume,

me agota,

me tira, silenciosamente, al fondo del pozo

– donde uno no se muere nunca

de sed,

pero al final, inevitablemente, se ahoga.

 

(Y, sin embargo, más allá del cemento

está la gente que, sin preguntar,

apareció y decidió quedarse acá adentro,

en algún lugar entre las tripas y la garganta.)

Mierda.



El equilibrista by indivisual
19 marzo, 2008, 6:17 pm
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Liliana tiene un equilibrista al final des estómago. Ahí justo donde cae la comida y uno la siente dando vueltas, lavadora, mientras toma mate en el jardín –afuera pasa la micro, una taladradora al fondo de la calle y el hombre del carrito lleno de uvas tocando la campanita por si acaso, adentro la conversación de siempre sobre el aborto o el matrimonio gay, comentario evidente, reacción previsible como si sorpresa a estas alturas, timbre, sonrisas, helados de esos que no se olvidan, Serví vos en las copas que yo voy por las cucharitas –ahí justo, entre vuelta y vuelta, lavadora, siente Liliana un equilibrista como haciendo malabares sobre el monociclo, el monociclo sobre una cuerda, la cuerda amarrada a entre árboles pero a punto de soltarse (tirachinas que tiembla y piedrita disparada que se pierde en su propia velocidad). Una vez más, se siente como un personaje de Cortázar en una novela de Flaubert. Como un dibujo de Matisse en un cuadro de Renoir. O, mejor, se siente como si a Renoir se le hubiera ocurrido dibujar como Matisse en medio del Dance at the Moulin de La Galette–y ahí, en una esquinita, tras una farola, ¿cómo esconderlo?, ¿cómo hacer para que nadie piense que yo hice semejante garabato?, ¿cómo intentar, después de todo, volver a darle el trazo de los otros personajes, el mío, mi trazo, el de siempre?…¡parece como si estuviera bailando una música diferente al resto! –Y el equilibrista que no deja de pedalear porque en el momento en que pare suelo y cabeza y fin de la historia y Liliana que sonríe porque le da cosquillas sentirlo corretear sobre la cuerda.  A veces elequilibrista tiene hambre y entonces es Liliana hablando con una mujer en el subte como si también ella viviera en Medrano, o Liliana bailando tango con sombrero y tacón de aguja, o Liliana guiñando el ojocomo guiñan el ojo los que venden empañadas en Recoleta. A veces el equilibrista tiene sueño y entonces es Liliana sentada en Caminito esperando como espera el hombre del carrito lleno de uvas.  

No fue sorpresa lo de la tela de araña –mosquito que vuela y de pronto destino fatídico y ocho patas que avanzan. Más bien, lleva días acercándose, poco apoco, eso sí,como se acercan los pies descalzos en Semana Santa, como de niña en el túnel del terror, mano cerrada que aprieta la garganta adentro sin dejarla tragar, pasito, pasito, y el grito preparado para cuando Eduardo Manostijeras, que no es la primera vez ni la última. Liliana se acerca a la tela de araña sabiendo que esta vez la van a comer, que ya no puede vivir allí ignorando al animalito venenoso –nunca lo había ignorado, que más bien ni siquiera lo había visto, que ella se creía en un telar, como pasa siempre que uno está dentro y la lavadora dando vueltas y uno sinpoder distinguir si eso que gira es un pantalón o acaso el camisón de la vieja, que ahora le da por ponerse sexy a esas horas sin estrellas ni champagne. Claro que ahora Liliana entra en la telaraña después de haber colgado la ropa y ya no hay sitio desde donde no se vea al animalito venenoso y Liliana camina por la jungla de asfalto y parece como si Renoir, él mismo, el de siempre, ya sólo supiera pintar como Matisse, como si Flaubert hubiera descubierto a Cortázar y Madame Bovary persiguiendo a Oliveira porlas calles de París y Buenos Aires llena de farolas y cables y anuncios en vez de estrellas y lianas y palmeras, de carreteras en vez de machete y caminito, de autos y colectivos y camiones en vez de monos y boas y cocodrilos, de apartamentos (unos encima de los otros, como con miedo de que no haya espacio para todos, comosi en la jaula uno se sintiera seguro), centros comerciales y discotecas en vez de montañas y ríos y piedras. Y Liliana que ya sabía que estaba entrando donde la araña y la veía de lejos y sabía que ya nunca podría dejar de mirarla, como cuando a uno le dicen que está prohibido entrar y se queda mirando por el agujerito de la cerradura hasta que se va el vigilante y entonces abre la puerta. Liliana mira a la araña y a veces le parece que está tan cerca y sin embargo otras veces la ignora como se ignoran los borrachos que llegan a un grupo de universitarios sentados en la plaza, cerveza y discusión sobre si Bob Dylan o Leonard Cohen y Liliana feliz disimulando ceguera y cantando Hey, mr. Tambourine manpor las calles que se pierden y se encuentran como si se conocieran detodalavida –y en el fondo se conocen de siempre, que aunque del otro lado no hay palmeras, son los mismos los que en domingo se juntan en Plaza Francia y en el estanque del Retiro donde los leones, son las mismas las películas que dan en los cines de Corrientes y las de la Gran Vía, es la misma melodíala que sale dela guitarra del hombre que pide monedas en Palermo viejo y la que canta el que estásentado en el andén de la línea uno de Tirso de Molina que va en dirección Atocha, de donde se aleja el equilibrista –monociclo y tres pelotitas que se confunden en el aire- que no ha dejado de pedalear, ahí justo al final del estómago de Liliana. 

 



Conversación telefónica by indivisual
5 marzo, 2008, 10:42 pm
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Conversacion telefónica– ¿Hola?

¿Anna?

– Ah, Héctor, que bueno que llama
ste, llevo unos días intentando localizarte pero no hay manera, ¿dónde te habías metido?, no te imaginas la semanita que he tenido.

– Anna, tengo que contarte algo.

– Oye, ¿recuerdas al doctor Valentí?

– ¿El doctor Valentí?

– Si, hombre, ése miserable que llevó el caso de mamá cuando el primer tumor, cómo no te vas a acordar. Bueno, pues me tocó operar con él.

– Ah.

– ¡Con ese personaje mezquino!, nadie quería entrar al quirófano con él, pero sabes qué, al final resulta que, médicamente hablando, claro, el tipo es todo un profesional. Ahora entiendo por qué no lo han echado todavía. La operación salió perfecta.

– ¿Sí?

– Sí, bueno, la operación fue perfecta, pero el paciente murió.

– ¿Cómo que el paciente murió?

– Paro cardiaco. Intentamos reanimarlo pero no hubo manera.

– Vaya, o sea que tan perfecta no salió.

– No, no, la operación fue limpia, impecable. El doctor Valentí estaba contento, incluso nos felicitó, ¡el doctor Valentí!, imagínate, si ese desgraciado apenas da los buenos días. Dijo que nunca había tenido un equipo tan eficiente en el hospital de La Paz. Pero bueno, ya sabes cómo es, imposible adivinar por dónde va a salir, el otro día le tiró el café a una de las enfermeras de traumatología, quién sabe lo que le habría dicho la pobre, así que ahora le han prohibido la entrada a la segunda planta, lástima que no le hayan prohibido también entrar en la sexta, pero en fin, ya no quiero perder más el tiempo hablando de ese cretino… dime, ¿qué es de tu vida?

– Anna, verás, yo te llamaba para decirte algo importante.

– Cuéntame

– Catarina ha muerto.

– ¿Cómo?, ¿Catarina?, ¿Catarina la de Ernesto?… ¿Pero cómo?, ¿cuándo?

– No sé cuándo. Ayer fui a su casa, la semana pasada me habían llamado para invitarme a cenar, pero yo estaba ocupado, así que quedamos en que iría el viernes, ayer. Me extrañó que no me llamaran para confirmar, pero luego pensé, tal y como es Catarina, seguro que lleva dos días cocinando, seguro que ha lavado el mejor mantel y ha puesto las toallas del baño a juego con las cortinas, ya sabes cómo es ella… bueno, cómo era… ¿Anna?

– Disculpa… todavía no lo puedo creer, Catarina… ¿Cómo no me lo has dicho antes? ¡Qué horror, Héctor!… ¿Qué es lo que pasó?, ¿cómo fue?

– Cuando llegué ya era de noche, yo llevaba una botella de vino, Ernesto me abrió la puerta. Estaba despeinado y tenía los pantalones sucios. Me abrazó rápido y fuerte, como se abrazan dos amigos, dos grandes amigos que se juntan para ver la final Francia- Brasil y el partido ya ha comenzado, agarró la botella de vino. “¡Vino!, ¡maravilloso!, a Catarina le encanta este vino, ¿cuántas botellas has traído?” Hablaba gritando, gritaba como un niño el día de su cumpleaños, “¡Catarina!, ¡mira el vino que ha traído el papafrita de mi hermano!, y yo que pensé que ya no vivías en el país, ¿dónde te habías metido, carajo? Y por cierto, a qué se debe esta visita inesperada, ¡Cata, está aquí mi hermano Héctor!, ¡Héctor, el desaparecido, apareció!, qué bueno, qué bueno, hermano, pasa, ¿has cenado?, me parece que no hay nada en el frigorífico, pero podemos llamar al restaurante chino y pedir uno de esos patos con salsa agridulce, ¡Catarina, qué me dices!, ¿te apetece un pato con salsa agridulce?, pero pasa, Héctor, siéntate, ahí está Catarina, ponte cómodo.” Y al oído pero sin conseguir hablar bajo, me dijo, “A ver si a ti te dice algo, hace unos días discutimos y desde entonces no me habla, no ha querido ni venir a acostarse a la cama conmigo, ahí está en el sofá, ni comer quiere, he tenido que tirar el plato de arroz que le cociné porque los huevos ya se habían puesto malos, pero con este vino, su preferido, ¿cómo lo sabías?, a ver, a ver.” Ernesto se fue a la cocina a descorchar la botella, desde ahí seguía gritando cualquier cosa, cuando volvió yo ya sabía que Catarina estaba muerta. Sólo alguien completamente desquiciado no se habría dado cuenta, Anna, sólo alguien que no supiera qué hacer con su vida si ella ya no, sólo alguien que llevara unos días completamente borracho y sin dormir podría soportar ese olor. Estaba más blanca que mamá cuando la enterramos, el cuello ya no le aguantaba la cabeza, estaba hundida en los cojines y sin embargo parecía que ya no pesaba nada, y los ojos entreabiertos, como si no le hubiera dado tiempo a cerrarlos, como si todo hubiera sido tan rápido que ni siquiera una última vez para respirar porque ya el túnel y la luz al final.

– Pero, ¿cómo?, ¿por qué?, ¡pobre Catarina!, ¿y Ernesto?, ¿cómo le dijiste?

– No le dije

– ¿Que no le dijiste?, ¿cómo que no le dijiste?

– No fui capaz. Él seguía como si nada estuviera pasando y

– ¡Pero Héctor!

– Lo sé. Cuando Ernesto volvió de la cocina ya sólo quedaba la mitad de la botella y a mí el corazón me temblaba como si lo tuviera entre las manos. Me bebí todo el vino que quedaba. “Pero Héctor, ni un poquito has dejado para Catarina, con lo que a ella le gusta, ¡Negra!, éste infeliz se ha acabado tu vino, habrá que ir a comprar más, aunque a estas horas, ¿crees que ahí arriba estará abierto, cariño?, claro que ahí nada de este nivel, pero bueno, traeré lo que encuentre, y ya que voy me paso por el chino, ¿cuántas porciones?, yo la verdad es que no tengo hambre, pero tú negra, deberías comer algo, ¿no quieres?, bueno, yo lo traigo igual, no puede ser que estés tanto tiempo sin comer nada, te vas a enfermar.” Volvió a hablarme al oído, “Aunque la verdad, hermano, yo creo que por la noche, cuando yo me acuesto, se va a la cocina y todo lo que encuentra se lo lleva a la boca, así tiene que ser, a ver si ahora que yo no estoy consigues hacerle comer algo, no es que esté preocupado, pero tú ya me entiendes, las mujeres a veces son tan difíciles y cuanto más les preguntas menos te responden y a saber si es que les vino el periodo o se quedaron embarazadas, ¿no crees?, y con el carácter fuerte que tiene Catarina, nada de presionarla, y a mí me gusta ese carácter, Héctor, tú lo sabes que me gusta, nadie tiene derecho a decirle lo que está bien y lo que está mal, acuérdate aquella Navidad, ¿te acuerdas?, ella en la cocina y mamá entrando todo el tiempo, que si le has puesto perejil, que si no le eches demasiado picante, que si huele a quemado, no será el horno que, y la Cata se marchó sin decir palabra, ¿te acuerdas?, y ahí nos dejó con el pavo a medio hacer, pero qué linda estaba, con ese vestido, ¿dónde lo habrá puesto?, me gustaría tanto volver a verla con ese vestido, ¡Catarina!, ¿dónde has dejado aquel vestido rojo y negro?, ¿sabes cuál?, aquel de la Navidad del pavo, ¿dónde estará?” Ernesto se fue a su habitación y yo lo seguí sin decir nada, te juro que no me salían las palabras, Anna, no era capaz, no podía apenas respirar, me dolían los ojos de tan abiertos, el corazón tiritándome en los labios, en los dedos. Ernesto abrió el armario de la derecha, a un lado los trajes, al otro las faldas ordenadas por el largo, abajo los pantalones, primero los vaqueros, luego los de lino, por último los de seda, las chaquetas colgadas, de más fina a más gruesa, las camisas perfectamente planchadas, los vestidos. Ernesto sacaba todo lo que iba encontrando y lo tiraba sobre la cama deshecha, o lo dejaba caer en el suelo, “Nada, aquí tampoco, era rojo hasta los pies con dos rombos negros en el costado, ¡qué lindo!, ¿dónde lo habrá guardado?” Abrió todos los cajones, el de los calcetines, el de las medias, las bragas, los sostenes, y todo el cuarto como una feria ambulante a las ocho de la tarde de un domingo. “A saber, ¿lo habrá tirado?, quizá lo ha tirado, así son las mujeres, de pronto ya no quieren algo y lo tiran, dárselo a alguien, eso nunca, imagínate a otra con ese vestido, imposible, Catarina nunca haría eso, pero tirarlo…” Mientras hablaba seguía lanzando camisetas y zapatos a sus espaldas, “Apuesto a que lo tiró el mismo día del pavo, ¿qué piensas?, porque ella es bien supersticiosa, y si ése día le fue mal…” Se subió a una silla, abrió el altillo y sacó una caja, “Claro que supersticiosa a su manera, nada de treces y gatos negros, pero recuerdo que cuando fuimos a visitar a Anna por primera vez, la viejita que se sentaba a nuestro lado estornudó cinco veces seguidas y ella sin pensarlo se levantó del asiento y le pidió al conductor que parara el autobús, No sé qué harás tú, Ernesto, me dijo, pero yo me bajo, y cualquiera se quedaba ahí arriba, que algunas mujeres empezaron a cuchichear y de pronto todos estaban abajo del autobús en medio de la autopista y el conductor intentando comunicarse con la agencia por radio, Que se han bajado todos, jefe, Sí, todos, Y qué sé yo, algo de una mujer que estornudaba, No, no señor, no está enferma, No, señor, es que hay otra que dice que si continuamos va a haber un accidente, Pues los estornudos no sé qué tendrán que ver con el accidente, pero a ver qué hago ahora con cuarenta pasajeros tirados en la cuneta.” Ernesto se reía tan fuerte que tuve miedo de que los vecinos bajaran a pedirle que no hiciera tanto ruido. Hasta entonces no había pensado en los vecinos. Imagínate, Anna, imagínate que llegan los vecinos y encuentran a Ernesto completamente borracho, a mí sin poder abrir la boca, a Catarina muerta en el sofá. Bajó la segunda caja, estaba llena de disfraces. “¡Esta máscara!, creí que la habíamos perdido. Bonita, ¿no?, una maravilla, la compramos en nuestra luna de miel, ¡Catarina, encontré la máscara verde!, ¡la máscara de la mujer colombiana!” Se puso la máscara, corrió hasta el salón, desde allí lo escuché que decía, “¡Nos quedan cuatro años!, ¡cuatro años para el diluvio universal!, ¡agua, agua!, ¿saben ustedes nadar?, ¡no importa!, ¡ni siquiera así conseguirán salvarse!, ¿te acuerdas, negra?, qué mujer aquella colombiana, qué profeta.” Volvió a la habitación y siguió revolviendo en la caja de los disfraces, pero ya no se quitó la mascara. “Era una mujer gordísima”, dijo, “como si se hubiera comido a otras tres o cuatro, y cuando Catarina la vio me dijo, Esta mujer tiene razón, nos quedan cuatro años, pero ella va a salvarse, esa máscara que lleva puesta la va a salvar. Cuando por la noche llegamos al hotel yo saqué la máscara, se la había comprado a la colombiana, y se la regalé a Catarina, ella me la puso y entonces hicimos el amor cinco veces sin parar, También tú te salvarás, me dijo, Creo que yo no voy a salvarme, pero tú, tú te salvarás. ¡Ahora recuerdo! Yo le dije que sin ella para qué me iba a salvar, eso le dije, ¡No quiero salvarme si tú no te salvas!, y tiré la máscara a la basura, ¿cómo habrá llegado hasta aquí?, pero qué importa, aquí está y me alegro tanto, qué buenos recuerdos la luna de miel, ¡Catarina, tú recogiste la máscara de la basura!, ¡cómo eres!” Hizo un gesto negando con la cabeza. La máscara era verde como el verde de un puré de verduras con demasiado apio y tenía una nariz que ocupaba la mita de la cara, la boca era a penas una línea delgadísima y roja que llegaba casi de una oreja a la otra. No tenía ojos. Ernesto se acercó a mí, como si tuviera miedo de que Catarina pudiera escucharnos, “Dime, Héctor, ¿no te parece un poco exagerado?, ¡ni siquiera recordando nuestra luna de miel me habla!” Bajó la tercera caja del altillo. “¡Ni una palabra!, y ya sé que tiene mucho carácter pero, ¿no te parece un poco exagerado? Ya le he pedido perdón, aunque tampoco fue para tanto, otras veces habíamos peleado más fuerte y en un día ya se le había olvidado. Pero ahora, ¿por qué? Cuando llegué a casa la vi hablando por teléfono, no cenó conmigo, ¡y eso que yo había traído vino!, y cuando me fui a acostar todavía estaba pegada al auricular. Siempre igual, siempre hablando y hablado por teléfono. Nunca antes le había dicho nada, pero ese día le pregunté que con quién hablaba, Eso no te importa, me dijo, y claro que una cosa es que ella tenga mucho carácter y otra que se piense que yo soy un papamoscas que no se entera de nada, así que le quité el teléfono y colgué. Es lo que tenía que hacer, ¿no te parece, Héctor?, le grité al estúpido que estaba al otro lado que no volviera a llamar a mi mujer. Tú habrías hecho lo mismo, ¿o no, hermanito?, claro que tú no estás casado y no puedes saber lo que es eso, pero toda la libertad tiene un límite, ¿o acaso se pensaría que no me había dado cuenta de lo de su amante?, ¡hasta un ciego se habría dado cuenta!, pero no me importaba, porque yo sé que en el fondo me ama a mí, no ha pasado con nadie lo que ha pasado conmigo, ¡con nadie! Un amante no quiere decir nada, seguramente alguien más joven, es normal, ¿no crees?, la necesidad de un cuerpo diferente, ¡también yo he tenido esa necesidad!, ¡también yo me he acostado con otras!, y, sin embargo, nunca he dejado de amarla, a ella, sólo a ella. Pero esta vez me estaba haciendo daño, parecía como si quisiera lastimarme a propósito, estaba distante todo el tiempo, casi no hablábamos, ¡cómo íbamos a hablar, si ella estaba todo el tiempo al teléfono! Cuando colgué volvieron a llamar. No nos movimos, nos miramos como si pudiéramos vernos por dentro, como si con los ojos pudiéramos quemarnos las tripas. La siguiente vez que sonó el teléfono ella se abalanzó para cogerlo y entonces yo me tiré encima hasta que conseguí quitárselo. Así fue, no más. Se lo quité, lo desenchufé y luego lo hice pedazos, por si acaso. No pasó nada más, eso es todo, hermanito. Nada más, de verdad. Yo me fui a dormir y ella no quiso venir conmigo, se quedó en el sofá y ahí hasta hoy… ¿Crees que fui muy duro con ella?”

– ¡Héctor!

– Sí, lo sé, yo nunca lo habría sospechado, nunca, nunca, ¡por Dios, es nuestro hermano!, pero en ese momento, mientras me contaba aquello, con la diabólica máscara verde mirándome sin ojos, con una sonrisa fantasmagórica, con esa nariz tan grande que no conseguía oler el cuerpo de su mujer que se podría en la habitación de al lado…

– ¡Héctor, yo era la que estaba hablando con Catarina esa noche!, ¡Catarina no tenía ningún amante!

– ¿Cómo?

– Dios mío, no puedo creerlo, no puedo creerlo. Verás, el lunes Catarina me llamó para pedirme que la ingresáramos en el hospital.

– ¿Qué?, ¿estaba enferma?

– Espera. Me llamó para pedirme que le hiciéramos todos los análisis posibles. Yo le pregunté exactamente lo mismo que tú, le pregunté si acaso se sentía enferma, si tenía algún dolor muy fuerte, si había notado algo extraño en su cuerpo los últimos días. Ella me dijo que se sentía perfectamente. “¿Entonces?”, le pregunté. Al principio no quiso decirme nada más, sólo me suplicaba que la internáramos, que le hiciéramos pruebas. Yo le dije que si no había ningún motivo, no se podía hacer ninguna prueba. Siguió insistiendo y al final me explicó. “Anna, he tenido un sueño muy extraño. Hace algunos años soñé con una casa, era una casa hermosa, como recién pintada, con sus cuadros en las paredes, los armarios ordenados, el perro esperando en la puerta, meneando la cola cuando yo llegaba, las sillas de la cocina iguales que las del salón, el cuarto de invitados preparado, con olor a lavanda, con toallas limpias a los pies de la cama, flores en todas las habitaciones, la cocina llena de frutas. A partir de ese día, cada cierto tiempo vuelvo a tener el mismo sueño. Claro que la casa no es siempre la misma, y en vez de un perro a veces hay una pecera gigante, o un gatito acariciándose contra cada mueble, pero de pronto una noche apareció una puerta cerrada y sin cerradura. Desde entonces, siempre aparece en mi sueño esa habitación a la que no puedo acceder. Cuando soñaba con la casa, ya apenas me fijaba en el jardín o en las fotos colgadas en la pared. Rápidamente buscaba la puerta cerrada y pasaba casi todo el tiempo intentando abrirla hasta que amanecía y entonces sonaba el despertador de Ernesto. Hace diez días volví a soñar con la casa, pero por primera vez no encontré la puerta cerrada. La verdad es que me parece que ni siquiera la busqué. Ahora llevo diez noches soñando con la misma casa, idéntica, igualita, sólo que cada vez le faltan más cosas. Primero desaparecieron las camas y los sillones, luego la mesa y sus sillas, al día siguiente cuando entré en la casa tampoco había flores ni gato. Ayer la casa estaba vacía, Anna. No había nada. Ni siquiera había color en las paredes, era totalmente blanca, ¿comprendes? No quedaba nada, ¡nada! Sólo luz. Luz blanca. Luz blanca como si atravesara las paredes, ¿entiendes ahora, Anna?… Espera un segundo, parece que viene Ernesto.” Entonces escuché unas voces pero no conseguí distinguir las palabras. Luego la línea se cortó y ya no volví a saber nada más.

– ¿Cómo que no volviste a saber nada más?

– Bueno, la llamé dos veces más pero nadie contestó. Me quedé un rato pensando en la cama y se lo conté todo a Antonio. “Pamplinas”, dijo él, “esa mujer es tan rara que no me sorprendería que comiera debajo de la mesa. Olvídalo, cielo, y descansa, que mañana tienes que operar.” Así que me quedé pensando en el doctor Valentí y en lo poco que me apetecía, en fin, ya sabes… Dios mío, ¿tu crees que si la hubiéramos internado?…

– Cómo saberlo…

– Ay, Héctor, que cosa tan horrible, que situación…

– Anna. Hay algo que no te he dicho. Catarina y yo…

– …¿Sí?

– Bueno, pues eso, que Catarina sí tenía un amante.

– ¡Héctor!

– Lo sé. Lo sé. No me digas nada, por favor. Pensé que nunca le contaría esto a nadie, y menos a ti… Desde hace tres años, no era nada serio, no estábamos enamorados, sólo nos veíamos una vez a la semana, a veces ni siquiera. Ella se dio cuenta de que Ernesto sabía que estaba con otro, así que me dijo que lo mejor sería dejarlo antes de que averiguara más. Yo me fui al norte, ahí llevo las últimas dos semanas, en la casita de la playa. Y ahora ella está muerta.

– Héctor…

– Ernesto no dejaba de sacar toda su ropa, todo por el suelo, él con la máscara y aquel olor insoportable… “¡Aquí está!”, dijo de pronto. “¡No lo había tirado! Ya lo sabía yo, es demasiado bonito este vestido, ¿no te parece? ¡Hasta los pies le llegaba! Ojala quiera ponérselo otra vez, ¿podrás convencerla? Yo iré a comprar el vino y a ver si aún les queda pato con salsa agridulce, ¿si?, intenta convencerla, hermanito, por favor, estaría tan linda. ¡Apuesto a que tú también te enamorarías de ella! Inténtalo, anda.” Me dio el vestido y se fue.

– ¿Y?… ¡Sigue!

– Yo me quedé mirándola, aún con su vestido en la mano. Si no hubiera sido por el olor me habría quedado observándola todo el tiempo, pero no aguantaba más. Dejé el vestido en el sofá, a su lado, y salí de la casa caminando tan despacio que creí que nunca conseguiría atravesar la calle. Me entró el pánico. ¿Y si Ernesto sabía que Catarina y yo…? Si la había matado a ella, ¿por qué no iba a matarme a mí? Así que llamé a la policía, les di la dirección y me quedé observando desde la otra esquina. El coche llegó pocos minutos después de que Ernesto regresara. Llevaba una botella de vino medio vacía y una cajita de cartón con letras chinas. Luego lo vi salir rodeado de agentes con metralletas, “¿Por qué meten a mi mujer en una bolsa de plástico?, ¡sáquenla, desgraciados!, pero, ¿qué están haciendo?, ¡se va a ahogar!, ¡la van a matar!” Gritaba tan fuerte que poco a poco se fueron encendiendo las luces de las casas alrededor y la gente salía a la ventana a ver qué pasaba, él todavía tenía l máscara puesta. Debieron de pensar que se trataba de una función.

– Dios mío, qué horror, qué horror, Héctor… ¿Y ahora?, ¿qué vas a hacer?, ¿qué vamos hacer?… Por Dios, y tú, ¿cómo estás?

– Aún no he conseguido dormir. Me han llamado hace unas horas de la comisaría. Quieren que vaya a declarar, pero no sé si voy a poder, Anna. ¡Es nuestro hermano!

– Lo sé. Lo sé, cielo, pero tienes que hacerlo. Tienes que hacerlo.

– Tengo que hacerlo. Voy a ducharme primero.

– ¿Quieres que vaya contigo?

– ¿Vendrías conmigo?

– Claro que sí, lo que tu me pidas, dime dónde nos encontramos.

– No, Anna, mejor quédate en casa, intenta descansar… Pero sí hay algo que me gustaría pedirte.

– Lo que sea.

– Verás, Anna, me van a preguntar si Catarina y yo teníamos alguna relación. Yo no puedo negarlo, hay demasiadas pruebas, podrían sospechar de mí, así que tendré que contarles la verdad.

– ¡Pues claro!

– Sin embargo, creo que es mejor que no les diga que he estado fuera estas dos semanas. No tengo cómo probarlo, me fui solo, en coche, estuve en la casita que tenía mamá… ¿No crees? Y, bueno, había pensado pedirte que dijéramos que me he quedado en tu casa, que estaba enfermo, que me has estado cuidando, ¿qué me dices?… ¿Anna?

 



Instrucciones para vivir en Chile by indivisual
5 febrero, 2008, 7:51 pm
Filed under: dinamita

(experimentos del capitalismo: la infinita deuda interna)

 

 

 

El Sr. T trabaja en el supermercado de un Mall. Empezó siendo “propinero”. Su trabajo era simple: la empleada iba pasando los alimentos por la caja registradora y él los iba metiendo en bolsas de plástico. Llevaba un chaleco rojo y una gorra del mismo color con el logo de la empresa, Santa Isabel. En el chaleco tenía una chapa amarilla donde podía leerse “propinero”. A veces la gente no le daba dinero y entonces el Sr. T volvía a casa con las manos vacías después de ocho horas de trabajo. Otras veces tenía suerte y entonces volvía con mil quinientos pesos y una sonrisa que decía “¡hoy me tocó envasarle la compra al del programa de Chilevisión!” y los vecinos llamaban a su puerta para preguntarle toda clase de detalles sobre el tal tipo de Chilevisión y el Sr. T llegaba a sentirse muy afortunado y daba gracias al Señor. Un día el Sr. T vio a su compañero de trabajo metiéndose una bandeja de queso bajo el uniforme. No lo dudó un segundo y se fue a hablar con su superior. El Sr. T recibió su primera paga y el jefe lo felicitó por haber delatado al ladrón y le dijo que si seguía así pronto le darían un empleo en esa misma sucursal. Así, el Sr. T fue ascendiendo hasta llegar a encargado de reponedores. Trabaja diez horas al día así que se ha comprado una televisión plana y un Dvd y está pensando en cambiar de coche. Claro que el Sr. T no tiene dinero suficiente para comprar todo eso, pero está tranquilo. El lunes se levanta temprano y va al banco. El banco de Chile siempre está lleno. Espera tres horas y por fin lo atienden. Pide un crédito. El Sr. T decide mandar a sus hijas a una escuela de pago. No tiene para pagarla, así que vuelve al banco. Pide un crédito. Las hijas del Sr. T quieren un nuevo celular por Navidad, de esos que hacen fotografías a color. El Sr. T no tiene para pagárselo pero está tranquilo, al día siguiente va al banco. Pide un crédito. Al Sr. T le duele la espalda de cargar y descargar cajas durante todo el día. Cuando llega a casa se sienta a ver la tele pero se queda dormido. El Sr. T va al médico y se entera de que se está muriendo así que sus hijas piden un crédito para la operación. Como ahora el Sr. T no puede trabajar, porque se está muriendo, sus hijas van al Mall en busca de un trabajo. Una sirve hamburguesas y bebidas, está embarazada; la otra está tras la mesa de Información para informar a los clientes que llegan al Mall de dónde está cada tienda o dónde hay un teléfono público. El Sr. T se muere y como aún no había terminado de pagar los créditos, que se han ido haciendo más y más grandes con los años, sus hijas piden otro crédito para pagar los créditos de su padre muerto. Cuando van al Banco de Chile, la empleada sonríe, Voy a darles una buena noticia, gracias a que su suscripción con esta empresa sobrepasa los diez años, el entierro de su padre queda a cargo del Banco, no se preocupen por los gastos. Ellas se miran, se abrazan y dan gracias al Señor.