laurita


Bad Boys
8 Diciembre, 2007, 9:41 pm
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Bad Boys
 

Lucas baja por el cerro Bella Vista, amanece, colores como si sonara el timbre del recreo en un parvulario y entonces el patio, pero Lucas va pensando en cables y en la caja de herramientas que no debía haber dejado en la corporación, o en su pieza, que está tan desordenada como la caja de herramientas y que cada vez merece más el nombre de desván o chatarrería y acaso quién tiene tiempo para ordenar si no los que pagan para que otros, o entonces piensa en la plata que le debe a don Emilio y cuando piensa en todo ese dinero, en medio de las sumas y los cálculos, y maldito patrón que estará todavía entre sábanas de seda y piernas de una prostituta brasileña, y el tranvía que viene lleno como siempre y otra vez a coger aire hasta la próxima parada, se le viene a la mente, así como se vienen los reponedores de bombonas de gas o los carteros en un día cualquiera (bancos, grandes superficies ofertando televisores y acaso una postal de la iglesia adventista del barrio con una bendición del Señor y el número de teléfono de contacto en caso de emergencia espiritual), la idea de asesinarlo con la convicción de quien enciende la radio a las ocho treinta para escuchar las noticias de las ocho treinta. La idea se le pierde de pronto al llegar a la estación de Viña del Mar, donde se baja, compra cigarrillos y espera al semáforo mientras enciende el primero. Más tarde, después de taladradoras y cables y destornilladores y brocas, a la hora de comer, reaparece mientras busca monedas en su bolsillo tan desordenado como su pieza o como la caja de herramientas, cien, doscientos, trescientos cincuenta pesos, Una empanada, gracias, y otra vez en la cabeza la cara de don Emilio que se va desconfigurando como cuando uno aplasta una ciruela y ya nadie puede saber si acaso no fue un níspero maduro pero a quién le importa. A ratos se le retuerce la boca en una extraña mueca de placer pensando en lo fácil que resulta aplastar una ciruela y enterrar el hueso, ¡Emilio Ciruela!, grita sumergiéndose lentamente en el sofá de cuero sintético como si en verdad se adentrara en una piscina de agua caliente, y mientras tanto los huesos de Emilio Ciruela partiéndose una a uno, que suenan como cañas de bambú tiradas contra el suelo intencionadamente desde un tercer piso, o como pompas de chicle de canela que explotan en la sala de espera del dentista cuando una niña. Empieza la música que acompaña a los chasquidos de las cañas de bambú, a las pompas de chicle de canela, una música medio conocida, de esas que pueden cantarse a partir de la segunda estrofa aunque sea la primera vez que uno las escucha, pero tocada por un grupo terapéutico, taller de música de tres a cuatro del Centro Diurno de Salud Mental Carlos Bresky, y quince locos a desritmo y un profesor con la camisa llena de caspa a la altura de los hombros desafinando algo así como, Macondo, Macondo, yo me voy para Macondo, parapapá, vamos todos, ¡Ay, Macondo!, intentando imitar sin éxito la voz que pondría Luis Miguel en un programa de televisión grabado para el fin de año de 1991. Con esta cadencia Lucas se va deshaciendo de cada miembro del cuerpo de don Emilio como si se tratara del juego del ahorcado y él estuviera, por fin, ganando todas las partidas, y don Emilio, La “a”, y él, No, no, no tiene “a”, sonrisa infinita y chasquidito de la caña de bambú contra el suelo, pompa de chicle de canela en la sala de espera, adiós pierna derecha de don Emilio, y don Emilio casi con buen perder, o acaso con tanto miedo que, Vaya por Dios, bueno, a ver si hay más suerte, veamos, hmmm, la “m”, y Lucas, sonrisa infinita, Pues no, tampoco lleva “m”, chasquidito de la caña de bambú, etcétera, etcétera, y así es como van desapareciendo todas las extremidades de Emilio Ciruela, asesinado con la convicción de quien enciende la radio a las ocho treinta para escuchar las noticias de las ocho treinta, y que en poco tiempo podría acaso haberse llamado Emilio Níspero Maduro pero a quién le importa.



Cuando el sol se ponga
16 Noviembre, 2007, 11:22 am
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Cuando el sol se ponga

Le construyeron una estatua a Pablo Neruda. Cuando estuvo acabada, los poetas chilenos le rindieron un homenaje seguido de un gran banquete en el Hotel Marriott de la avenida Kennedy, llegando a  Las Condes, al que asistió el presidente y algunos ministros –razón por la cual dejaron de asistir algunos poetas de los importantes, porque ya se sabe que los que no son importantes no pueden permitirse el lujo del orgullo y tienen que vestirse de pajarita y hacer reír al que se sienta en la cabecera y llamarlo Excelencia y algunos llevan meses preparando la actuación y de pronto unas cuantas botellas de vino arruinan su monólogo y le dicen, Presidente de mierda, y ya saben que tendrán que dedicarse a la fontanería o a la electricidad y escribir luego espasmódicamente como se escribía en las guerras o en las dictaduras. Todos brindaban Por Pablo, así, como si le hubieran dado una palmadita en el hombro tras leer Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, recién escrito de su pluma y aún con tachones en el papel. ¡Por Pablo!, y chocaban las copas y el mantel rojo burdeos y se acababan las botellas, ¡Matilde, nombre de planta o piedra o vino!, y volvían a chocar hasta que alguna se rompía y los poetas decidían que era tiempo de sentarse y se sentaban a escuchar el discurso de Eduardo Anguita como si estuvieran en misa y él acababa, ¡Por eso, brindemos, camaradas, por Pablo!, y otra vez todos en pie. El presidente se levantó y con él sus ministros, pero los poetas ya estaban borrachos hasta el punto de Presidente de mierda y ni siquiera lo vieron marcharse. Antes de abandonar la sala, sin embargo, Enrique Lihn lo escuchó preguntar, ¿Decidieron ya donde querían emplazar la estatua? El poeta gritó para que lo escuchara toda la sala, Mirando al mar, ¿Qué mirando al mar?, La estatua, repitió Lihn esparciendo vino con cada una de sus palabras, mirando al mar, ¡Cómo mirando al mar!, ¡Pablo le tenía terror al mar, de daba pánico!, Y sin embargo –se agarra a una silla para no caer, como una peonza que pierde la inercia y acaba por sostenerse por una esquinita de la pared-, y sin embargo, compadre, todas sus casas eran como barquitos, ¡Sí señor!, y las piezas como camarotes, ¡Qué bacán el gordo!, Una noche se acuestan con la muerte en el lecho del mar, Y sí, bueno, pero el mar no lo pisó nunca, Era como su amor platónico, el mar y cuánto mar, se sale de sí mismo a cada rato, ¿para qué inmortalizarlo ahora mirando al mar?, Para recordarle el infinito que siempre sufrió el infinito cuando el sol se ponga, Pamplinas, está muerto, ya conoce el infinito, El muy papafrita se murió sin tocar el mar y ustedes quieren que se quede ahí mirándolo como si fuera un espectáculo de mierda de los que echan en chilevisión a partir de  las diez, Estoy contigo, Fernando, nada de mirando al mar, lo pondremos de espaldas al mar, más simbólico, como una fase que ya pasó, Sí, mirando a los Andes, ¿Hacia Argentina?, ¡eso ni loco, güeón! –Murmullo creciente en la sala, alguien aprovecha para gritar, ¡Más vino!, y una voz retoma el poder entre la confusión, Y bueno, tranquilos camaradas, ya vimos que ahí sí estamos de acuerdo, nada de mirando a Argentina, eso ni soñarlo… pero mirando al mar, loco… no sé, me da pena el viejito mirando al mar, agarrotado en su nicho de acero, comprimido, mareado, a punto de caerse sobre los turistas que le hacen fotos con su flash como faros en las costas…, Y bueno, tienes razón, mala onda mirando al mar, mala onda, ¿Y al norte?, ¡Qué calor!, ahí, al desierto, como si fuera un poeta sin palabras, O con palabras como pinchos, ¡Que no, como un oasis, como el final del Valle del Elqui!, Pero aquello está plagado de arañas de rincón, de esas que se lo comen a uno, ¿Y el sur?, Claro, el sur, las islas, ¡Chiloé!, Y ahí volvemos al mar y a cuando el sol se ponga, que no, nada de islas, estaría rodeado, Imagínate, flaco, rodeado como Polonia antes de la entrada de los alemanes, Volvemos al mar, Y al desierto, verde, pero al desierto, A la nada, ¡Ah, el sur, cómo lo sabía Borges!, Ya estamos otra vez con los argentinos de mierda –gallinero, picotazos que no van en busca del maíz sino de las plumas, ¡Más vino!
El sol se pone al final de la Alameda, Lucas dobla una esquina, una cualquiera, una calle sin nombre, gris, como todas, un puestito de golosinas y galletas, un supermercado, una farmacia de esas de cadena como quien abre un restaurante de comida rápida y lo mismo da Hong Kong que Tombuctú, un banco y ahí, frente al banco, una estatua, y Lucas se pregunta en qué narices pensará Pablo Neruda mientras mira eternamente al cajero automático.

 




Secretos
9 Noviembre, 2007, 7:11 pm
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Secretos


Lucas camina por la calle San Diego en dirección sur hasta llegar al mercado persa. Gira a la izquierda y encuentra un cartel que dice HACIA EL ORIENTE CERRADO POR PLACER. Se para, mira, repite, Ce-rra-do-por-pla-cer. Se ríe como quien descubre un secreto que está deseando contar, como aquella nochevieja en que la tía Ágata le confesó, cuando todos se habían acostado ya, que su marido se hacía pis en la cama siempre que bebía más de tres copas y ella tenía que dormir acurrucada en la esquinita de la pared para que el meado no le manchara el camisón, ¡Y lo peor no es eso!, decía muerta de risa y a punto de llorar, que luego la puta de la gata no para de olisquearme y a veces incluso intenta levantar la pata sobre mi pierna como diciendo, Conozco tu secreto, y a mí me parece que se ríe mientras se va meneando el rabo y acariciándose contra todos los sofás de la casa. Es desde entonces que Lucas tiene una gata y así no necesita contarle sus secretos a nadie, que la oreja siempre le pareció un miembro dudoso, Que no, que no me gusta, está demasiado expuesto, demasiado evidente, con esa forma tan extravagante, ¡llama mucho la atención como para ser caja de enigmas y misterios!, le dice a Andrea durante una discusión, No es como un ombligo, o como un dedo, o como una ceja, ¡mira, mira una ceja!, ¿ves?, no esconde nada, una ceja, más o menos arqueada, pero ahí la ves, inconfundible, sin necesidad de trazados peripatéticos. Las orejas están llenas de recovecos, son sucias y uno no se imagina lo que puede haber ahí dentro, están así hechas sólo para los pintores expresionistas, ¿entiendes?, para Kirchner y Heckel y todos esos desatinados subjetivistas del color. ¿Pero qué dices?, le recrimina Andrea, que sólo le había acariciado el lóbulo derecho con la lengua. Mira, yo de pequeño dibujaba a toda mi familia sin orejas y la psicóloga del colegio le dijo a mi madre que me llevara a un psicoanalista especializado. Como todos eran muy caros, mi madre me llevaba a casa de nuestra vecina, que acababa de matricularse en la carrera y sólo vestía faldas para así honrar a Freud. Lorena se relamía los labios con mis dibujos y mi padre leía sus informes en la cocina mientras mi madre hacía la cena, ¿Miedo a ser escuchado?, ¿a Que los otros encuentren ridículo lo que dice?, ¡pero si este mocoso no para de hablar!, ¿que Desearía que todo el mundo fuera sordo?, ¿y quién le iba a escuchar entonces todas sus teorías absurdas sobre el fin del mundo? Pamplinas, Elena, este niño está perdiendo el tiempo con esa, ¡Pero si a él le encanta!, ¡Hombre, pues claro!, que ahí tiene a una pobre indefensa que lo aguanta sin parar durante hora y media. Y era verdad, que yo me preparaba los discursos para los martes a las seis y media y le hablaba a Lorena de la desintegración del planeta y de lo efímero de la existencia cuando uno conseguía abstraerse de la rutina y lo cotidiano, que lo mantienen a uno tan ocupado, aunque lo que de verdad me gustaba eran sus piernas hechas de membrillo y las miraba desde el diván, y tenía que interrumpir la perorata para tragarme todas las ganas que se me habían acumulado en la garganta de agarrar primero un muslo y luego el otro y apretar como si fuera una pelota de goma que luego al soltarla vuelve a su sitio exacto, con toda su redondez. Miraba sus piernas hechas de membrillo y me entraban ganas de reírme, como quien descubre un secreto que está deseando contar.

Lucas sigue caminando dos cuadras más allá hasta llegar a la calle Placer, donde unos obreros han levantado toda la calzada como cuando en el colegio alguien le levantaba la falda a Edith, que no sólo era francesa, sino que además era dos cursos mayor.