laurita


Cañerías
20 Junio, 2008, 1:50 am
Archivado en: Diario ilustrado

Santiago me escupe,

me vomita en cada esquina

-esquinas con sabor a pera húmeda,

esquinas de humo y aceite.

 

Santiago, tantas veces asfalto sobre olvido,

charcos en la arena del parque vacío,

maquillaje frente al espejo, máscara,

máscara en el banco y en la escuela,

máscara trabajando y, de pronto,

masa inmunda de enmascarados a la vuelta del trabajo.

 

Pero qué importa; si todo el tiempo

es tiempo perdido.

Qué importa; si al final ni siquiera el tiempo existe

-o, acaso, es lo único que tenemos.

 

Santiago, como un eterno reloj de arena

que me consume,

me agota,

me tira, silenciosamente, al fondo del pozo

- donde uno no se muere nunca

de sed,

pero al final, inevitablemente, se ahoga.

 

(Y, sin embargo, más allá del cemento

está la gente que, sin preguntar,

apareció y decidió quedarse acá adentro,

en algún lugar entre las tripas y la garganta.)

Mierda.


Aún no hay comentarios por mucho
Deja un comentario



Deja un comentario
Línea y párrafo se rompe automáticamente, direcciones email nunca se muestran, permitido: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <pre> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>