Archivado en: Diario ilustrado
Santiago me escupe,
me vomita en cada esquina
-esquinas con sabor a pera húmeda,
esquinas de humo y aceite.
Santiago, tantas veces asfalto sobre olvido,
charcos en la arena del parque vacío,
maquillaje frente al espejo, máscara,
máscara en el banco y en la escuela,
máscara trabajando y, de pronto,
masa inmunda de enmascarados a la vuelta del trabajo.
Pero qué importa; si todo el tiempo
es tiempo perdido.
Qué importa; si al final ni siquiera el tiempo existe
-o, acaso, es lo único que tenemos.
Santiago, como un eterno reloj de arena
que me consume,
me agota,
me tira, silenciosamente, al fondo del pozo
- donde uno no se muere nunca
de sed,
pero al final, inevitablemente, se ahoga.
(Y, sin embargo, más allá del cemento
está la gente que, sin preguntar,
apareció y decidió quedarse acá adentro,
en algún lugar entre las tripas y la garganta.)
Mierda.
Aún no hay comentarios por mucho
Deja un comentario
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <pre> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>